Batalla diaria con dolor crónico
El optimismo en la vida de un paciente con dolor crónico.
Aunque la luz siempre vence a la tiniebla, no es menos cierto que a veces las sombras son tan densas que no dejan pasar la luz más allá de unos milímetros. Nuestra visión, nuestra mirada, las imágenes que atesoramos en nuestro corazón y en nuestro cerebro requieren de la luz para poder ser nítidas y para que podamos captar hasta el más mínimo detalle.
La luz, lo luminoso, está siempre relacionado con la vida, la alegría, la felicidad y la sonrisa, con la amistad y la diversión. En cambio, las sombras son siempre solitarias y te hacen mirar hacia ti mismo, hacia tu propia miseria. Inducen tu tristeza, borran tus sonrisas, te cierran los ojos, te ciegan el futuro y la vida. La sombra y la tiniebla son, pues, hurañas, solitarias y tristes. Representan lo lúgubre, tétrico y sombrío de tu ser, mientras que la luz es todo lo contrario a esa tenebrosa sombra. La luz es risa, alegría, compañía y felicidad. Porque la tristeza suele ser algo íntimo y solitario, mientras que la sonrisa y la felicidad son algo que se comparte y se disfruta en compañía.Cuando la tristeza llama a mi puerta, cosa que hace con bastante frecuencia, tiendo a tumbarme a solas en la habitación y quedarme con la persiana y la ventana cerradas a cal y canto. No permito que entre la luz porque me regodeo en mi tristeza mientras me abraza la sombra. Ahí, tumbado boca abajo, me quedo pensando en mi dolor, me sumerjo en el lodazal de mi mala suerte, me pregunto por qué me tuvo que pasar a mí, y todo ello lo hago en la más absoluta soledad. A veces lloro, y muchas veces me dan ataques de ansiedad y el aire entra con dificultad en mis pulmones. Me siento en la cama y cojo una bolsa para respirar en ella. Es en ese momento cuando mi ángel de la guarda se levanta de su despacho y viene a decirme que me levante y haga algo. Abre la persiana y la ventana y deja que el frescor del día ilumine cada rincón de nuestro cuarto. Me abraza, me da besos y me trata con infinita ternura, disipando hasta la última hebra de oscuridad.
Su presencia, su compañía y su cariño hacen que la oscura tristeza no tenga cabida en la habitación. Hace que la luz regrese y bañe todo mi cuerpo. Logra que una sonrisa empiece a esbozarse en mi rostro. Su voz, cristalina y cariñosa, convierte cada distorsionado ruido que embota mi cerebro en una dulce melodía que culmina con un suave beso. Purgo mi tristeza con un sordo llanto, abrazado a ella y con mi cabeza apoyada en su hombro. Mi pecho sube y baja acompasadamente a un ritmo cada vez menos frenético y más suave. La visión oscura en forma de túnel que estrechaba mi percepción se disipa. La luz roba su sitio a la tenebrosa oscuridad. Su contacto, suave y cálido, me devuelve la temperatura a mi ser. Pues la tristeza también es frío. Un frío insistente y feroz que te oprime la espina dorsal y no te deja moverte. Su presencia, su cariño y su ternura hacen que la triste sombra huya de mi lado. Me deja descansar. Un rato después, cuando he logrado descansar un poco y recuperar mi frágil fuerza, me levanto y empiezo a escribir, leer, ver documentales o estudiar lo que sea.
Hay épocas en que mi día a día se reduce a empujar reptando mi propio cuerpo para ascender a la cima de una montaña compuesta de veinticuatro horas, para luego verlo caer una vez más a los pies de un nuevo día a la mañana siguiente. Así, como si de un Sísifo moderno se tratase, mi vida se reduce a sobrevivir día a día, como decía Rambo, empujando sin desmayo la dolorosa roca. A superar este maldito dolor que me roe el alma y las sonrisas, oscureciendo todo a cada dentellada. A esperar a que llegue una tregua para poder hacer algo, por nimio que sea, que me devuelva algo de energía y alegría. En ese instante, me pongo en marcha y hago cualquier cosa que me evite estar pendiente del dolor: escribo, leo, paseo un poco, salgo a la terraza, canto. Me da igual, lo que sea. La cuestión es cambiar de foco. Cuando puedo, claro, pero hacerlo siempre que pueda. Por eso ahora, cuando puedo hacer algo, lo hago al doscientos por cien, porque le doy mucha importancia a cada pequeña cosa que puedo hacer.
Hay épocas en que mi día a día se reduce a empujar reptando mi propio cuerpo para ascender a la cima de una montaña compuesta de veinticuatro horas, para luego verlo caer una vez más a los pies de un nuevo día a la mañana siguiente..
Mi alegría siempre está relacionada con la luz, porque el dolor crónico que padezco se ve muy alterado cuando el sol se oculta tras las nubes, cuando sopla el viento, o cuando llueve y hay tormentas. Es tal la afectación de estos cambios meteorológicos que desde hace años no veo el tiempo en las noticias para no sugestionarme. El frío y la oscuridad no son muy amigos míos, la verdad. Porque cuando cada vez que los ves ardes por dentro con un dolor inhumano que te arrebata las fuerzas, la alegría y las ganas de vivir, llegas a cogerle algo de manía. Detesto el mal tiempo. Por eso, en cuanto hay un rayo de sol, significa que puedo moverme un poco más, y salgo a mi terraza o doy un pequeño paseo. Esto provoca, junto a lo agradecida que es mi piel, que todo el año esté moreno, y la gente me dice: “Pues se te ve fenomenal”. Sonrío, aunque sea con fingida alegría. Siempre les sonrío porque sé que lo dicen con buena intención. Eso sí, siempre miro de reojo al cielo esperando un nuevo rayo de sol que disipe mi oscura tristeza y me devuelva mi alegría.
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Escríbeme— Emilio Durán · De entre las raíces
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