El hospital del tiempo roto

Donde el dolor no acaba, pero aprende a repetirse

Pasillo de hospital vacío con luz fluorescente parpadeante, deformado de forma surrealista, evocando un lugar atrapado fuera del tiempo.


Despertó con el dolor royéndole la columna con sus afilados dientes. No era un dolor normal, pero ¿qué dolor es normal? Este tenía textura, tenía voz. Se comunicaba con ella. Sentía como si algo afilado hubiera aprendido a respirar dentro de su cuerpo. 

Abrió los ojos esperando hallarse en otro lugar. Que todo hubiera sido un sueño. Que todo acabase al abrir los ojos. Pero la realidad le cayó encima como una falsa promesa. Vio el mismo techo. El mismo fluorescente tembloroso sobre ella. El mismo olor a humedad y el mismo montón de medicamentos vencidos sobre la mesilla de noche. A su lado, el mismo libro que era incapaz de terminar porque no podía concentrarse para leer. Estaba en el mismo hospital que conocía desde hacía… ¿cuánto? ¿Días? ¿Siglos?

Un latido. Otro espasmo. Un nuevo derrumbe de su resistencia ante la salvaje realidad.

Volvió a cerrar y abrir los ojos. Mismo día. Misma cama. Siempre era igual. Siempre se repetían los movimientos uno por uno. Siempre era todo igual a su alrededor, pero ella no era la misma.

Sus dedos estaban más finos y largos, como si hubieran sido estirados por una fuerza que no lograba entender. La piel parecía haber perdido el recuerdo de ser piel y comenzaba a parecer un cuero avejentado y oscuro. Sus pensamientos eran más densos, más oscuros, como si algo dentro de su cabeza hubiera empezado a hablar por ella, susurrándole cosas que jamás habría aceptado escuchar.

—Otra vez —dijo una voz detrás de ella.

Se giró sabiendo lo que iba a ver. No quería mirar, le daba algo de repulsión y miedo, mucho miedo. Su otro yo estaba sentada en la cama contigua. No era su versión anterior: era una versión más oscura, más avejentada, más encogida, más cínica y más retorcida. Su espalda era un arco de dolor coagulado. Latigazos que la dejaban inerme una y otra vez, Espasmos que la atornillaban a la cama y un ardor que escocía subiéndole desde los talones hasta la coronilla. Sus ojos parecían dos luciérnagas acostadas, vencidas por el cansancio.

—No deberías estar aquí —murmuró su doble, con un temblor que parecía astillarse en cada palabra—cada salto nos quita algo. Cada salto nos rompe un poco más.

En ese instante, como cada vez, un nuevo espasmo. Otra fractura en el calendario. Otro salto en el tiempo.

Despertó otra vez en el amanecer inmóvil del mismo día. Con los dientes del ávido dolor hincándose una y otra vez en su columna vertebral. Ahora sus acorchadas piernas se arrastraban como si hubieran olvidado cómo sostenerla. Trató de apoyarse en la mesilla, en el sillón y en lo que tuviera a mano para ir al cuarto de baño. Finalmente cayó con un ruido sordo. Como si un árbol cayera en el bosque en medio de la tormenta. Los relámpagos de dolor no dejaban de brillar. El resto de árboles eran las cinco, seis o quizá diez versiones suyas que la rodeaban. Algunas murmuraban; otras solo observaban su decadencia,  con una sonrisa torcida que no tenía nada de humana ni de bondad. Ni de empatía. Una, la más antigua, ni siquiera tenía ya rostro: solo un quejido débil sobre un lienzo por el que el pintor hubiese pasado su mano para borrar la pintura, como un intento de recordar que alguna vez fue mujer.

—No luches —le dijo la más reciente—. Es peor cuando luchas. El hospital se da cuenta. Le gusta cuando luchas porque así se alimenta de más fuerza. Déjate llevar. 

Entonces se sorprendió. No había pera que apretar para llamar al control de enfermería. No había enfermeros. Estaba en “el hospital”. Comprendió que, si quería ir al baño, tendría que luchar con todas sus fuerzas contra su cuerpo y alcanzar la taza de wáter. Fue reptando. Trepó por el inodoro y se sentó. Después se dejó caer a un lado y, sentada en el suelo, se duchó. Regresó desnuda a su cama. Estaba en el maldito hospital que tanto se le había aparecido en sueños. 

Pero, ¿y si no eran sueños?
En sus sueños era un edificio de pasillos infinitos que parecían moverse sin moverse.
Un lugar donde las puertas cambiaban de sitio a lo largo del pasillo, y donde las ventanas siempre daban a la misma calle muerta. Donde las enfermeras eran suspiros de un recuerdo que no regresará jamás y los médicos sombras cansadas que nunca se acercan.

—¿Cuánto llevamos aquí? —preguntó ella, o lo que quedaba de su ronca voz.

Los otros cuerpos rieron. Una risa rota, como cristales chocando dentro de una garganta purulenta.

—No se mide así —dijo la más joven, que aún conservaba algo de humanidad—. Aquí no hay tiempo. Solo dolor.
—¿Y cuándo termina? —inquirió con temor porque creía saber la respuesta y no le gustaba.
—Cuando ya no quede nada que romper.

Un espasmo. Otro salto. Otro día igual.

Vio un pequeño espejo de mano sobre la mesilla, pero tenía miedo de mirar su reflejo. Los espejos del hospital funcionaban solo de vez en cuando. Había algunos que mostraban tu futuro cercano, otros el pasado feliz, pero ninguno el triste presente. Cuando por fin reunió fuerzas, vio una criatura encorvada, famélica, enroscada sobre sí misma. Con unos ojos que parecían hundirse en un rostro que ya no recordaba su forma.

—Todavía eres demasiado tú —dijo, divertido, un murmullo detrás de ella—. Ya se marchará.

Era su doble más antiguo. El primero que vio. La sombra que llevaba más siglos allí, quizá milenios, quizá millones de años. Quizá nunca. No tenía forma de saberlo. Esa figura ya no tenía formas: era un borrón humanoide, un montón de dolor acumulado, gris y triste, sujeto a una estructura que apenas recordaba ser hueso.

—¿Qué… qué somos ahora? —preguntó.

—Pacientes —respondió rauda su antigua versión—. Nada más. Nada menos.
—Pero… ¿cuándo nos dan el alta?

Los dobles la miraron. Todos. Cientos. Miles.
Versiones tuyas que no sabía que existían y que ojalá no existieran.
Sonrieron al mismo tiempo y de millones de formas distintas. Se burlaron de ella de las maneras más crueles y sarcásticas.

—Aquí no hay alta —dijeron todos a la vez.

Entonces el hospital respiró.
Sí, respiró. No se había vuelto loca.
Las paredes se expandieron como pulmones. El suelo tembló como un músculo vivo. Las luces parpadearon al ritmo de una pulsación enorme y cruel. Algo las había engullido y estaba dando buena cuenta de cada una de ellas.

Todo era un dolor imposible —demasiado grande para tener nombre— que la atravesó desde dentro, rompiéndola, multiplicándose.
Su grito se fragmentó en mil ecos idénticos, como si fuera un coro de versiones sintiendo exactamente lo mismo. Millones de bocas se abrieron aterradas, millones de gritos se emitieron al unísono.

Cuando ese espasmo terminó, volvió al mismo día.
A la misma cama.
Al mismo amanecer detenido en el tiempo. Otra vez.

Intentó moverse… pero ya no podía decir con certeza si era una de las otras versiones o ella misma.

Tal vez ya no importaba.

Porque entendió la verdad:

No están atrapadas en un hospital.
El hospital está hecho de cada una de ellas.
Hecho de su dolor.
Hecho para que ese dolor pueda durar eternamente.

Y en ese eterno amanecer, entre los murmullos de cientos de versiones desgastadas, derrotadas y vencidas, una última frase resonó como una terrible sentencia:

—Bienvenida al tiempo roto. Donde el dolor no termina. Solo se repite. Y se repite. Y se repite…

Para siempre.


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Estás en el subsuelo, donde habitan las raíces, el lugar en el que este blog escarba hacia el infierno y escupe lo que encuentra. Aquí no hay frases bonitas, ni de autoayuda, ni vamos a colorear mandalas. Solo literatura oscura, crítica sin trinchera, dolor crónico y verdad sin anestesia. Si no te gusta, sigue perdiendo el tiempo con jueguecitos insulsos. Pero si algo de esto te remueve… ya no habrá marcha atrás.

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