El muñeco de nieve
Cuentos de la bufanda roja para un invierno terrorífico.
La primera nevada cayó temprano ese año, cubriendo el pueblo de un blanco cegador. En la plaza central, apareció de un día para otro, un muñeco de nieve gigantesco, más alto que cualquier adulto.
Llevaba una bufanda en color rojo sangre que parecía brillar bajo la luna. Los niños lo miraban con fascinación mesiánica; los adultos, ocupados con sus quehaceres, apenas notaban su presencia.
Los niños escuchaban una voz apenas audible, un susurro que parecía nacer dentro de sus propias cabezas. con una dulce voz infantil, que los invitaba a jugar. Los apremiaba a acercarse y a jugar con él:
—Vente… ven a jugar conmigo…
Los adultos no oían nada en absoluto. Solo veían a los niños acercarse a la plaza, con pasos vacilantes, y sonreír nerviosos ante algo que era para ellos invisible. Se quedaban absortos ante el muñeco de nieve y lo miraban con emoción. Pero cada niño sentía el tirón, un frío que recorría los huesos, una curiosidad mezclada con miedo que les era imposible de resistir.
Tomás, era el niño más travieso del colegio. También el más curioso de todos y, por supuesto, se acercó hasta el muñeco de nieve el primero. El muñeco giró la cabeza, mirando a ambos lados de la plaza.
—Sé lo que más temes… —susurró— que tu madre no te quieraaaa —dejó flotando la última sílaba en el aire unos segundos de más.
El niño sintió cómo la plaza se deformaba, cómo si el aire fuese humo. Las imágenes se desenfocaban y volvían a enfocarse. Un ligero mareo aturdió al pequeño. Vio cómo la nieve se derretía rápidamente y se convertía en sus peores recuerdos: la soledad en la oscuridad, la voz de su padre riéndose de él mientras le golpeaba una y otra vez. Cerró con fuerza sus ojos y sintió cómo las frías y espesas lágrimas caían por sus mejillas. El muñeco de nieve inclinó la cabeza y pareció esbozar una sonrisa. Sus ojos de carbón brillaban con un fulgor cegador. La boca se abrió, negra y profunda.
—Ven, niñito, dijo la dulce voz —Tomás miró al frente y vio un precioso parque lleno de columpios y juguetes por todas partes. Ven, pequeño. Aquí serás feliz… —Tomás dudó, pero la voz lo llamó de nuevo, más suave, más dulce… —Veeeen— y el niño se adentró en la boca del muñeco y desapareció de la vista de todos.
Sonidos de huesos quebrados y un grito ahogado inundaron la plaza. La sonrisa del muñeco de nieve se ensanchó. La bufanda roja ondeó un instante más antes de caer como si nada hubiera pasado. Una última voz se escuchó:
—Serás feliz para siempre —a continuación una risa pura, cristalina y dulce sacudió todo el pueblo.
Los niños no podían, aunque quisieran, dejar de sonreír. Los adultos, por su parte, miraban a los chicos con cara de sorpresa, pero seguían inmersos en sus quehaceres.
Clara vio con sus propios ojos lo que le había pasado a Tomás y trató de correr. Pero el muñeco la llamó por su nombre, imitando la voz de su madre:
—Clara… ven a mí… ¿quieres ser feliz, mi niña?
La nieve a su alrededor se volvió líquida, y dentro de ella apareció la imagen de su madre señalándola con desaprobación mientras la reñía por enésima vez. Al ver esa imagen se olvidó por completo de Tomás. Gritó, o trató de hacerlo. Después, dudó, y acabó retrocediendo unos milímetros… pero la ilusión creada por el muñeco era tan perfecta que resbaló, cayendo al vacío. Comenzó a nadar en un charco que había bajo sus pies. Trató de nadar, pero el agua estaba tan fría que los músculos se le estaban agarrotando. Se quedó completamente quieta, mientras se hundía en el pozo negro de la boca del muñeco. De nuevo el crujido de huesos quebrándose y el llanto de la niña inundaron la plaza. El pueblo entero se sintió apesadumbrado y comenzaron a buscar a Tomás y Clara. Cuando desaparecieron, los adultos que los buscaban solo veían la nieve inmaculada y el silencio helado. Pero escuchaban nítidamente el sonido de una enorme boca masticar, los huesos que se quebraban una y otra vez y una nota aguda quedó flotando en el aire. Era el último grito de la niña.
—Venid a mí, niños —continuó el muñeco de nieve.
Miguel, a quien todos tenían por valiente y racional, no creía en fantasmas. Pero el muñeco conocía sus secretos mejor que nadie. Susurró su nombre.
—Migueeeelll —y le mostró sus peores miedos: fracasar en el colegio, caer y hacer el ridículo ante sus amigos, ser olvidado por todos, ser invisible.
La voz no era solo un susurro; era un eco dentro de su cabeza, una corriente imposible de resistir. Miguel corrió hacia el muñeco, con los ojos abiertos de terror y fascinación, y fue absorbido y engullido sin apenas esfuerzos. Las huellas de sus pasos desaparecieron a una velocidad inusual.
Cada desaparición fue diferente. Pues los niños caían presa de sus propias memorias, sus propios miedos, sus secretos más oscuros, y los adultos jamás podían intervenir. Eran ajenos a todo lo que les ocurría a los pequeños. Los niños que quedaban, observaban en silencio, horrorizados, mientras la voz del muñeco los iba llamando uno por uno, personalizada, íntima e implacablemente.
—¿Por qué no podemos escuchar lo que les ha dicho a los otros? —susurró uno de los niños restantes que estaban escondidos para no ser vistos.
—Porque no es de este mundo —respondió otro—. Solo nos ve a nosotros… y nos conoce. E escuchado a Tomás llamar a su madre…
El muñeco no se movía; era estático e inmóvil, pero con cada susurro doblaba la realidad. La plaza se volvía un laberinto de nieve líquida, de recuerdos y de sombras que se retorcían alrededor de las inocentes mentes de los niños del pueblo. La bufanda roja se movía como una bandera que hiciera de hilo conductor. Como una especie de faro que guiaba a los niños al abismo de sus fauces.
Cuando solo quedaban dos niños en el pueblo, el muñeco desplegó todo su poder. La plaza desapareció de su vista. Los niños, que caminaban sobre una nieve que parecía viva, iban recordando sus peores recuerdos girando a su alrededor. Enormes espejos deformes devolvían esos recuerdos intrincados y amenazantes. La boca de nieve se abrió como una gruta más negra y profunda que nunca. Cada niño vio allí lo que más temía y deseaba a la vez: amor y terror, seguridad y abandono, felicidad y huida, infancia y muerte.
Saben que no hay escape. Tratan de huir corriendo en dirección contraria, pero como en un laberinto, volvían a perderse una y otra vez. Volviendo a estar frente a la cueva de su feroz colmillo. Se quedaron paralizados cada uno enfrentando su propio miedo.
Andrés suplicó que no le suspendieran, gritaba que él había estudiado. Que no le suspendieran que su padre le daría una buena tunda. Luís, en cambio, lo que estaba viendo era a Clara besándose con Miguel. Tenía un rencor enorme y una envidia terrible por ese chico. Miguel lo llamó desde dentro de la cueva. A Andres le llamó el director del colegio con el boletín de las notas en la mano.
Se acercaron lentamente, arrastrando los pies y con la mirada baja. La lucha interna que estaban librando divertía al muñeco de nieve que estrechó sus ojos hasta convertirlos en dos finísimas líneas y una risa macabra y cruel se metió en sus pequeños cerebros. Andrés llevó sus manos a los oídos y cayó e rodillas. Luis pudo ver horrorizado cómo unas larvas iban subiendo por los pantalones de su amigo y lo cubrían por completo. Los gusanos masticaban y el ruido de la carne arrancada, los huesos destruidos, los tendones cortados y los músculos roídos se hizo más y más fuerte en sus oídos. Vio cómo el niño era devorado ante sus ojos.
El resto de niños que habían llegado antes que él aplaudían con enorme júbilo la llegada de los últimos chicos. “¡Venid a jugar!”, gritaban una y otra vez. “Aquí se juega siempre” dijo dando un puntapié a una pelota Tomás. Andres no fue consciente de que las larvas le estaban subiendo por las piernas. Vio con terror cómo una de ellas se introducía dentro de su cuerpo por una herida que le había infligido y le iba comiendo desde dentro. Trató de sacudírselas de encima, pero era imposible. Escuchaba nítidamente cómo sus propios huesos, músculos, tendones y órganos eran devorados pausada y salvajemente por esos terribles gusanos.
Los niños lo llamaban. Pero fue Andrés quien se acercó a darle la mano para ayudarlo a salir de un agujero en que se había metido y lo atrajo hacia sí para que se uniera al juego con el resto de niños
Cuando amaneció, la plaza estaba totalmente vacía. La nieve intacta, una bufanda roja ondeando suavemente en el centro. Los adultos miraban alrededor, confundidos, preguntándose dónde habían ido los niños, qué había ocurrido. Y el muñeco se iba derritiendo satisfecho y feliz. Se alzaba inmóvil, sonriente, esperando la próxima nevada, la próxima generación de secretos que devorar.
Los Martínez, unos chicos que habían ido con sus padres a la ciudad para visitar a sus abuelos, fueron los únicos que sobrevivieron.
De pronto, detuvieron su paso con brusquedad, porque escucharon en sus cabezas con total claridad cómo alguien con una voz dulce, inocente y alegre, les decía:
—Venid… esta vez es vuestro turno… aquí se juega siempre…
Lee este relato y al acostarte… no mires debajo de tu cama ni dejes el armario abierto.
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