La noche de Reyes
Cuando la sombra viene a visitarte.
Adrián siempre se despertaba temblando en la noche de Reyes Magos. Sus padres decían que era la emoción de los regalos, pero él sabía que no. El problema no eran las sonrisas ni el festejo. Tampoco los regalos. El problema era él. El monstruo. El hombre del saco.
Todo comenzó cuando tenía apenas cinco años. En la escuela le habían contado que en los Reyes Magos a veces aparecían en casa para sorprender a los niños. Pero Adrián no entendía cómo eso podía ser algo bueno.
—¿Y si no se lleva sólo las risas? —había preguntado a su madre.
Ella había reído, acariciándole el cabello con ternura y negando con la cabeza.
—Los noche de Reyes Magos son para celebrar, no hay nada que temer.
Pero Adrián no se fiaba. Cada vez que veía una decoración con algún muñeco que tuviera una benévola sonrisa, él sentía un escalofrío. Esas miradas no le parecían alegres. A su juicio eran sospechosas. Parecía que observaban algo más allá de lo que los demás podían ver.
La noche de Reyes, Adrián no podía dormir. Se obligaba a cerrar los ojos, pero cada crujido del suelo hacía que su corazón saltara desbocado. Había oído a sus padres decir que los regalos ya estaban en el salón bajo el árbol de Navidad, pero ¿qué pasaba si alguien venía a por algo más?
De repente, un ruido sordo rompió el silencio de la noche. Algo había caído en el salón. Adrián se cubrió con las mantas, pero el sonido no se detuvo. Escuchaba nítidamente pasos lentos. Algo muy pesado estaba siendo arrastrado. Y un gruñido, bajo, ronco, como si alguien tratara de hablar con la garganta llena de voces que no concordaban.
Adrián no podía soportarlo más. Se levantó temblando y abrió la puerta de su habitación, mirando hacia las escaleras. La luz tenue de la lámpara del pasillo proyectaba trémulas sombras, pero una de ellas no pertenecía a ningún mueble. Era una figura grande, encorvada, llevaba a la espalda un saco que parecía hecho de ¿piel? En cualquier caso, parecía respirar y latir quedamente.
Adrián bajó un escalón tratando de ser lo más silencioso posible. Cuando tuvo uno firmemente en el peldaño de abajo, movió el otro. Sus pies desnudos parecían hacer más ruido del que debían, pero la figura no se movió. Cuando llegó al final de las escaleras, lo pudo ver claramente.
La sonrisa mal pespunteada en el rostro no era en absoluto amigable. Su traje descolorido estaba manchado de algo oscuro y asqueroso. Dejó caer el saco en el suelo, y del interior se asomó una pequeña mano que se apresuró a esconder. Adrián ahogó un grito. El hombre levantó la cabeza. Sus ojos, que eran dos grutas insondables, se dirigieron a él directamente. Su boca se curvó en una sonrisa torcida mientras susurraba:
—No has sido un niño bueno, ¿verdad?
Adrián se quedó paralizado. Quiso correr, pero no pudo. El rey vagabundo se agachó, y mientras lo hacía, su cuerpo se movió errático como si varios hilos tiraran de él desde dentro.
—Los niños buenos reciben regalos —gorjeó, alargando una mano gorda y retorcida—. Los malos… se vienen conmigo.
Adrián cerró los ojos, esperando el contacto quebradizo y punzante de sus ásperos dedos. La espera se le hizo eterna. Trató de tragar saliva y no pudo. Tenía la boca seca. Si se hubiera portado bien en el colegio, pensó. Si no hubiese hecho de rabiar a los demás niños. Si hubiese obedecido más… Esperó a que sucediese algo, pero el contacto no llegó.
De repente, una voz lo despertó.
—¡Adrián! ¿Qué haces aquí?
Era su madre. Estaba en la cocina, encendiendo la luz. Adrián miró alrededor tiritando y con los ojos muy abiertos. No había nadie a su lado. Donde había estado el rey vagabundo ahora reposaba la sombra alargada del árbol de Navidad. Un saco repleto de regalos descansaba a su lado. No había nada siniestro en absoluto. Sin embargo, aún podía sentir esos ojos vacíos mirándolo desde algún rincón de su cerebro.
Aquella noche de Reyes fue sólo el comienzo. Adrián no podía borrar la imagen del rey ni el sonido de su voz. Durante semanas, cada sombra que veía en su habitación parecía esconder algún secreto oscuro y tenebroso; cada crujido en la casa por las noches lo hacía saltar de la cama. Su sueño se volvió ligero y atropellado.
Pasó un año entero antes de que volviera a suceder. Un año en el que hizo lo posible por portarse bien. Ayudó en casa, hizo sus tareas y evitó meterse en problemas en la escuela. Pero en su mente, la voz del hombre del saco resonaba como un eco:
—Los niños malos… vienen conmigo.
Su madre insistía en que sólo había sido una pesadilla.
—A esta edad, los niños tienen imaginación muy activa —dijo al día siguiente mientras colocaban las guirnaldas de Navidad— y es normal que tengan sueños extraños. Sobre todo si están emocionados por la noche de Reyes.
Pero Adrián sabía que aquello no fue un sueño. Lo había visto y escuchado. Y, lo que era aún más asqueroso: había sentido esa oscuridad pegajosa y tibia.
Cuando llegó su siguiente noche de Reyes, Adrián sintió un nudo en el estómago. Esa noche intentó quedarse despierto con todas sus fuerzas, pero el sopor, la calidez de la habitación y cansancio lo vencieron. Alrededor de la medianoche, se despertó de golpe. No había sido un ruido. Tampoco un olor. El aire se volvió espeso alrededor del chico. Giró su cabeza. La ventana estaba cerrada. Pero sentía como si una grieta helada se hubiese abierto a su espalda.
Miró alrededor y no había nada. Suspiró, pero dirigió su mirada hacia la esquina oscura junto al armario. Al principio pensó que aún tenía la vista borrosa. Pero sintió un escalofrío cuando la sombra se movió. Lentamente, como un extraño reptil, se separó de la pared, y fue tomando la forma que tanto detestaba. La sombra estaba agazapada y se fue levantando poco a poco. Era el hombre del saco.
Esta vez, su rostro era más nítido y claro. Sus ojos le recordaban las imágenes de las cuevas de los hombres prehistóricos acurrucados alrededor del fuego. Huecas, oscuras y con ardientes y hambrientas hogueras que alumbraban un poco más allá. Su boca, torcida en una sonrisa grotesca, dejó escapar una ronca y terrible promesa:
—Este año no escaparás, Adrián.
El chico apretó con fuerza un amuleto que había encontrado entre los adornos viejos de una Navidad añeja. Pero ese gesto no detuvo los pasos del ser oscuro. Tampoco sintió ningún alivio. El hombre del saco se inclinó hacia él, alargando una mano huesuda con uñas negras y puntiagudas como escamas de algún metal enfermo.
—¿Qué quieres de mí? —logró susurrar Adrián, aunque su voz apenas era audible.
El hombre del saco se detuvo un momento, como si considerara la pregunta. Se llevó la mano a la barbilla y giró la cabeza mirándolo fijamente. Luego, sin mediar palabra amplió aún más su sonrisa.
—Quiero tu miedo… y, cuando ya no tengas más, serás mío para siempre.
Adrián sintió cómo el frío lo envolvía. Sus dedos comenzaron a entumecerse, y su visión se tornó borrosa. Notó que un espasmo se iba formando detrás de su esternón. Pero entonces, en un arranque de valentía que no sabía que tenía, encendió la linterna y apuntó directamente al rostro de la criatura.
El hombre gruñó. Emitió un sonido tan profundo que pareció sacudir las paredes de la habitación. Su rostro comenzó a desmoronarse bajo la luz, como si estuviera hecho de frío, cenizas y oscuridad. Adrián gritó, sosteniendo la linterna con todas sus fuerzas, mientras la criatura retrocedía hacia las sombras.
—¡Esto no termina aquí! —rugió con furia, antes de desvanecerse en la oscuridad.
A la mañana siguiente, Adrián despertó con el cuerpo agotado. Cuando bajó las escaleras, encontró a su madre en la cocina, preparando su desayuno especial del día de Reyes. Consistente en roscón y chocolate caliente. Parecía radiante, como siempre en esas fechas. Adrián estaba exhausto pero alegre, porque sabía que algo había cambiado. Esa noche se había enfrentado a su mayor miedo. Había ganado, al menos por ahora. Sin embargo, en el espejo del pasillo, por el rabillo del ojo vio algo que lo hizo detenerse en seco. Se giró frente al espejo y estiró la cabeza. En su cuello, justo debajo de la mandíbula, había una extraña marca. Era pequeña, parecía una quemadura en forma de círculo, y ardía ligeramente al tacto, pero no dolía.
Adrián sabía lo que significaba: estaba marcado.
El hombre del saco no había terminado con él. La próxima vez no sería tan fácil escapar.
Lee este relato y al acostarte… no mires debajo de tu cama ni dejes el armario abierto.
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