Palabras en piedra.

Recuerdos imposibles tallados en piedra

Lápidas de cementerio cubiertas por una densa niebla en un ambiente inquietante


Nadie vio regresar a los primeros. Eran bultos desconocidos. Caminaban por la calle con la  mirada perdida y el rostro vacío. Saludaban alzando las cejas y continuaban imperturbables su camino. Cuando algún vecino creía ver a alguien conocido y se giraba, no lo volvía a ver. Era como si se hubiese disuelto en la vorágine vertiginosa del día a día.


Aquella mañana, tomando café como cada mañana en el bar de la plaza contigua a mi casa, mi compañero Sergio comenzó a narrar una conversación que había tenido con su madre. Pero la madre de Sergio había fallecido años atrás. Yo había asistido aquel lluvioso día de otoño al cementerio. Pero él continuaba su narración como si nada. Miré alrededor y nadie notó nada extraño. 


Me encogí de hombros y me fijé en él. Sus cejas subían y bajaban mientras hablaba. Sus hombros se agitaban con cada carcajada. Tenía una risa cristalina y exacta. Sus oyentes reían al unísono mientras Sergio peroraba. 


—Bueno —decía, mientras imitaba la voz de su madre, si tú dices que es tan mono, póntelo tú.

 

Era una frase ajena. Algo que yo le había contado. Mi cuñada Sandra le había regalado una chaqueta a mi suegra mientras trataba de convencerla de las bondades de la prenda regalada. Mi suegra, que es de armas tomar, le había respondido con esa fresca. La cara que puso mi cuñada, nos hizo mucha gracia a mi mujer y a mí. Por eso lo contábamos.   Así que ese recuerdo que contaba Sergio no era suyo. Pero nunca había sido un mentiroso y, al verle tan emocionado, no le quise decir nada.


Le pasé el brazo por el hombro y nos fuimos caminando hacia el trabajo. La hora del café hacía rato que había concluido. Resultaba reconfortante que utilizara mis vivencias para superar su dolor. Un dolor que era profundo y devastador. Había sumido a Sergio en una depresión pertinaz.


Fui descubriendo que no era Sergio el único que narraba situaciones ajenas mientras recordaba a su madre muerta. Podía tratarse de un familiar o conocido, pero el resultado era el mismo: recuerdos imposibles. Pensé que quizá todos habían descubierto este modo para que el duelo pareciese menos duro.


Tomábamos café en silencio Sergio y yo, cuando escuchamos una discusión acalorada. Dos personas hablaban de una escena protagonizada por sus fallecidos, pero cada cual le había dicho un final distinto. Arrastré a Sergio hacia la calle para que nos fuésemos de allí. Me miró sin entender nada y se alejó caminando por delante de mí. Por todas partes me llegaban discusiones por culpa de recuerdos contradictorios.

Corrí al despacho del psicólogo de la empresa y le comencé a contar todo lo que estaba sucediendo. Atrás dejé una sala llena de ordenadores apagados y personas encendidas que estaban discutiendo con una vehemencia que rozaba la violencia. 


—No ocurre solo aquí esto que me dices, Emilio —me dijo mirándome por encima de la montura de sus gafas.

—Puede eso no me reconforta en absoluto.

—Ya, mal de muchos…

—Exacto.

—Hay varios estudios que sugieren que todo esto se debe a algún tipo de sugestión colectiva…

—¿Qué puede provocar un episodio así?

—Hay varias causas posibles: desde emociones intensas -sea miedo, ansiedad o esperanza, por ejemplo- que se comparten y provocan la misma reacción. O cuando hay una repetición constante de un mensaje o en eventos religiosos, deportivos o manifestaciones que aumentan el contagio emocional. Todo esto se agravaría en situaciones de ansiedad, cansancio mental o estrés. 

—Pero todo esto ¿cómo cuadra con la situación que vivimos?

—Esa es la gran duda, Emilio. No lo tenemos nada claro.


Al llegar la hora de comer, salí a la calle y vi estupefacto cómo un grupo de sacerdotes iban por la calle, seguidos por sus fieles, mientras oraban con pasión, lanzando agua bendita aquí y allá con sus hisopos y balanceando un incensario. Fruncí el ceño y vi que había gente que insultaba a la comitiva y apretaba el paso en dirección contraria, mientras otros caían de rodillas a su paso. 


El camarero del bar me llamó con un gesto y me aproximé esquivando a unos y otros. 


—Han visto algo en el cementerio —me dijo a bocajarro.

—¿Qué dices, Miguel?

—Lo que oyes. Un cliente me ha dicho que hay algo extraño en las lápidas del cementerio, pero no ha sabido decirme de qué se trata.

—Voy para allá —le dije a mi espalda mientras salí corriendo.


A medida que iba aproximándome al cementerio, una densa niebla me iba envolviendo. Me quité las gafas porque se empañaban y manchadas de humedad, no me permitían ver más allá de mis narices. Cuando pasé la nube de niebla, descubrí que estaba en la reja del cementerio. La puerta entreabierta me invitó a pasar. El murmullo a mi alrededor, al principio amortiguado por la extraña niebla, se iba haciendo más nítido a medida que ésta se iba diluyendo. Limpié las gafas y me las volví a poner. Todas las lápidas tenían un mismo nombre. Al menos, eran los mismos caracteres. No supe qué ponía en ellas, pero en todas y cada una de las lápidas habían sustituido el nombre por la palabra escrita: אֶתְפְּתַח 


Un sacerdote abrió mucho los ojos al leer esa palabra y comenzó a rezar con más fuerza. La niebla, que nos había dado una tregua, comenzó a filtrarse de las tumbas hacia el exterior. A mi lado había una tumba a medio excavar y, al ver el humo que ascendía y rodeaba a la gente que había en el camposanto, salté a su interior. Me tapé con una lona que había sobre ella para que la lluvia no la mojase. El estruendo provocado por los rezos, juramentos y promesas huecas me erizaban el vello, pero continué escondido. Hasta que, totalmente agotado, el sueño me venció. 


El sol de la mañana me despertó. Vi que la lona se había caído y saqué la cabeza de la tumba. En el suelo yacían muchos cadáveres de aves, gatos, algún perro y bastantes personas. No sentí miedo, sino la certeza de que algo prohibido había sido pronunciado. Sentí un ligero mareo. Una náusea se abrió paso hasta mi garganta sin previo aviso y, apoyado en una lápida, vomité. Desanduve el camino realizado el día anterior. Pero ahora iba arrastrando los pies, con los hombros hundidos y la mirada velada por las lágrimas. El agrio de mi garganta, las convulsiones de las náuseas y el temblor de las manos, me hicieron detenerme y apoyar la espalda en un árbol, ya fuera del cementerio. Miré hacia el barrio. Parecía que nada había sucedido. Pero yo estaba destruido psicológicamente.


Al llegar al bar de Miguel, le pedí un café bien cargado.


—Caray, Emilio, parece que has pasado mala noche —dijo mientras todos a mi alrededor reían.


Fruncí el ceño y simulé una sonrisa. Traté de sacarles temas de conversación para hablar de lo sucedido, pero no lo recordaban. A partir de entonces, si bien el barrio está tranquilo, yo continúo alerta. 


No ha pasado nada desde que ocurrieron estos sucesos hace treinta años y yo sigo asomado en mi ventana, observando en silencio la actitud de mis vecinos y escuchando desde las sombras las conversaciones ajenas.


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