Donde desaparecieron. Parte I.
En Valdemoro, los veranos borraban a algunos vecinos... pero nadie parecía recordarlo.
Este fue un suceso muy comentado fuera de Valdemoro. No se trató del escenario de una desaparición múltiple porque eso llamaba mucho la atención. Irían los presentadores de algunos programas de televisión a los que muchos morbosos se asomarían. Las distintas cadenas traerían sus cámaras; mientras los forasteros harían lo propio con flores de plástico, minutos de silencio y llamas cimbreantes de tristes velas apagadas por cualquier soplo de aire. Ningún vecino quiso llamar a los medios.
Fue el familiar de una niña desaparecida la que llamó a la agencia. Nos dijo que vivía fuera de Valdemoro. No entendía el silencio que rodeaba cada desaparición. Quería que encontrásemos a su sobrina. El jefe decidió enviar a mi equipo al lugar de los hechos, con la promesa de ser muy pulcros, cuidadosos y prudentes, salimos para allá.
Las desapariciones se sucedieron de una en una, espaciadas, casi pidiendo permiso, podría decirse que de una manera educada. Ocurrieron a lo largo de los años. Siempre en verano, cuando la calle Estrella de Elola reverbera y el asfalto de la avenida de Andalucía parece una plancha encendida en la que se pueden freír huevos. Aunque alguien caminara por la calle, nadie vio ni escuchó nada. En esta última desaparición, se repetían las escenas de las anteriores con angustiante insistencia.
El primer punto del que tirar, que siempre es el de los testigos, permanecía oculto.
Los colegios —como el Diego Muñoz Torrero o el Lagomar— ajustaban sus listas año a año con una naturalidad administrativa. Un alumno menos suponía un nombre y una línea que no había que imprimir al año siguiente. Los vecinos dejaron de nombrar a los desaparecidos. Al principio, todo fueron ojos inyectados en sangre y venas del cuello a punto de estallar, puñetazos en las mesas y nudillos blancos. Pero todo eso pasó. El tiempo hizo que se diluyese. De hecho, cuando nos envió la agencia, supimos que no íbamos a encontrar nada. Fue en ese momento en que nadie quería hablar. En los bancos de la plaza de la Constitución los vecinos permanecían sentados. Si te acercabas lo suficiente, podías oír cómo rodeaban ciertos temas, evitando los más peligrosos.
Los álbumes familiares, guardados en pisos de la calle Libertad o de la calle San Vicente de Paúl, perdían fotos y ganaban redondeadas manchas de lágrimas. Pero no había tiempo para llorar mucho. Enjugaban sus lágrimas y dejaban de lado el desaparecido actual, concentrándose en evitar la siguiente desaparición.
La primera fue una niña desaparecida en el verano del 98; luego, un chico en el del 2003. Ni siquiera sus propias familias recordaban exactamente cuándo había empezado a faltar su hijo, pero todos sabían exactamente en qué momento no estaba.
La policía llegó mucho después que nosotros, como si Valdemoro tuviera un huso horario propio. Lo primero que les llamó la atención fue el desconocimiento de los vecinos. Más allá de la familia y los vecinos más cercanos del desaparecido, los demás ignoraban el suceso. Los agentes sacaron sus formularios de la academia y preguntaron, con el sudor marcado en los uniformes, a la población. Si preguntaban a alguien cercano, solía saber cómo era y se llamaba el niño. Nada más. Era poco, pero era la única información que se lograría. En cambio, si preguntaban a alguien de un par de calles más allá por los niños desaparecidos, todos respondían lo mismo sin mirarse entre ellos y sin ensayar:
—¿Qué niños?
Lo decían en portales estrechos, con olor a lejía, o apoyados en coches aparcados en la calle Cristo de la Salud. La frase no era una negación: era un cierre.
No era miedo lo que se respiraba en esas calles. No era preocupación ni alarma. Era alivio al ver que el desaparecido no había sido nadie conocido.
Lo único que encontramos fue que cada desaparición le ocurría a una familia al borde de romperse. Primero había habido discusiones normales, para luego pasar a gritos que se filtraban por los patios interiores, amenazas dichas con una rabia contenida y en voz baja. Todo ello daba paso a platos lanzados contra el fregadero. La casa se sumía en la oscuridad y nunca levantaban las persianas. Después, tras el verano, todo se calmaba. Las persianas volvían a subirse. La luz volvía a entrar. Las cenas recuperaban un ritmo soportable. El hueco en la mesa coincidía con el que se había formado en el corazón. El horror había hecho su trabajo con una eficacia burocrática. Pero nadie sabía nada. Parecía que, sumidos en sus discusiones, eran incapaces de saber qué le había ocurrido al menor desaparecido.
Ya nadie preguntaba qué había pasado con los niños y, cuando lo hacíamos nosotros, nos miraban con cara de extrañeza. Todos nos preguntaban si el Cercanías seguiría saliendo puntual. Si los bares de la calle Ruiz de Alda seguirían llenándose los viernes. Si Valdemoro seguiría siendo el mismo Valdemoro de siempre: esa población de extrarradio donde nunca ocurre nada extraordinario. Si ocurría, como pasaba ahora cada verano, nadie lo tenía en cuenta, porque todo se archivaba.
El informe final de la oficina del forense y del juez de instrucción, habló de histeria colectiva, de errores de memoria, de sugestión compartida. En un documento impoluto, de un blanco casi doloroso, sin ninguna mancha, sin más nombres propios que los de los niños. Nadie declaraba nada, nadie sabía nada. La policía se marchó como había venido. Con el sudor enmarcando sus camisas.
Cuando nuestro coche arrancó, miramos para atrás. Queríamos comprobar que Valdemoro efectivamente seguía ahí. Perfectamente equilibrado. Con las animadas calles que siguen llevando a los transeúntes a algún sitio. Con casas que siguen habitadas. Con fatídicos veranos que siguen llegando.
Aún hoy no sabemos qué ocurrió. El verano siempre vuelve, y las calles seguirán esperando como si nada hubiese ocurrido.
El pueblo donde desaparecieron niños… y nadie denunció.
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“Si miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti.”
— Friedrich Nietzsche, Más allá del bien y del mal.”
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