Donde desaparecieron. Parte III

Valdemoro volvió a encenderse

Anochecer en Valdemoro, escena misteriosa de la tercera parte del relato Donde desaparecieron.



Recuerdo como si fuera hoy el primer indicio que llegó. Volvía de comprar el pan pensando en qué iba a hacer de comida. Cuando fui a abrir la puerta de mi casa, vi que tenía un cartel pegado. Era un sobre sin remitente. Lo levanté con cierta indiferencia, como si supiera que no iba a contener nada relevante. Lo abrí. Dentro, pude leer con una caligrafía apresurada, una nota breve:

"No ignores lo que ocurre. Valdemoro te espera. M."

La letra era irregular, torpe, y un estremecimiento recorrió mi espalda. Pero poco después la dejé caer sobre la mesa de la cocina, junto a multas de aparcamiento y facturas ya pagadas. Sonny, fue en el primero que pensé, me diría que no podía dejarlo pasar. Pero finalmente lo hice y me dormí.

A la mañana siguiente, mientras recogía el desayuno, vi la nota en la mesa y la tomé entre mis manos. La sopesé jugueteando con mis dedos y sonreí. Pensé que se trataba de una broma. Así que, antes de irme a dar un paseo, la guardé en el bolsillo de la chaqueta, convencido de que no era más que una broma de alguno de estos. No significaba nada. Al menos, eso creía.

Dos días después, otra nota llegó exactamente del mismo modo, pero esta sí que me urgía para que actuase con urgencia:

"No es un juego. Ellos no descansan. Valdemoro. Ahora. M.”

Esta vez no hubo sonrisas. Miré el móvil, revisé la bandeja de mensajes y los correos. No había nada extraño. Ni un indicio de quién podría estar detrás de esta broma. Cerré el sobre porque algo me decía que quizá no fuese una broma. Antes de pulsar el botón de llamada, respiré hondo. Contestó Ray con la voz pastosa y algo apagada.

—Tenemos que hablar —dije sin rodeos.

—¿Sobre qué? —preguntó, parsimonioso.

Esperé un poco antes de contestar por si se reía o algo. Pero no hubo ningún signo de humor al otro lado de la línea.

—Valdemoro. Las desapariciones. —No le di tiempo a replicar—. Nos vemos esta noche en el bar de Luigi. Traed a Sonny y a Maddy. Es urgente.

La reunión fue clandestina. El local estaba casi vacío. Tenía, como siempre, la luz tenue y la música baja. Aunque a suficiente volumen para que nadie nos escuchara. Tras un vistazo, escogí una mesa apartada del resto y pedí un café. Ray llegó primero, con su gesto habitual de complicidad y alzando los hombros. Luego Sonny y Maddy, que fruncieron el ceño al notar mi seriedad y se acercaron con grandes zancadas. 

Tras unos breves preliminares, Maddy preguntó a bocajarro:

—¿Qué ha pasado? —preguntó sin rodeos.

—Notas anónimas. Alguien está avisando de algo en Valdemoro —dije, mostrando los sobres—. No podemos ignorarlos.

Sus miradas se cruzaron, recelosos. Ray murmuró:

—Otra vez… ¿pero no dejamos todo esto el verano pasado?

Asentí, consciente de la tensión que se estaba formando a mi alrededor:

—Sí, lo dejamos, pero no acabó. No logramos detenerlo. Alguien nos está diciendo que debemos ir.

—¿Y si es una broma? —preguntó Ray tras dar un sorbo a su cocacola.

—La caligrafía es la misma —continuó Sonny sin prestarnos oídos mirando detalladamente las dos notas—. Esta quizá escrita con mayor urgencia… esto no es una broma, tíos…

—¿Cómo estás tan seguro? —insistió Maddy.

—Esta caligrafía es la que estaba —miraba su móvil y todos se inquietaron—. Espera un momento. A ver… —seguía pulsando las teclas y pasando el dedo por la pantalla de su teléfono hasta que se detuvo y amplió la imagen— Ajá, ahí está. Es la misma letra que en esta pintada en casa de Daniel… —nos arremolinamos alrededor de Sonny y miramos lo que nos decía y las similitudes entre ambas letras que nos iba señalando.

La conversación derivó rápidamente en la planificación del viaje. Nadie iba a hablar con el jefe; esta vez sería un movimiento secreto. 

Cuando llegó el día acordado, cada uno llevó en su mochila una copia del dossier que habíamos recopilado el año anterior. Sentía que algo grande estaba a punto de desencadenarse, pero no podía adivinar qué sería.

El viaje a Valdemoro fue silencioso. Ni siquiera pusimos la radio en el coche. Cada uno íbamos sumidos en nuestros pensamientos. Cuando llegamos, un escalofrío me recorrió la espalda desde la nuca a la rabadilla. Parecía no haber pasado el tiempo. De hecho, parecía que había estado ahí hacía unos minutos.

Las calles parecían exactamente las mismas, pero si te fijabas podía ser que hubiera un aire distinto, casi palpable. Como si el verano hubiera dejado un residuo de calma que enmascaraba algo mucho más oscuro. En el aire flotaban presagios y ruidos amortiguados.

En la plaza de la Constitución, los bancos estaban vacíos y los árboles apenas susurraban. Observé a mis compañeros; la incomodidad se reflejaba en sus gestos, en los hombros y las mandíbulas tensas y los ojos que se movían buscando cualquier cosa sospechosa.

—¿Notáis algo raro? —preguntó Ray, rompiendo el silencio.

—Todo está demasiado… quieto —dije—. Demasiado normal.

Caminamos pausadamente hacia la calle Estrella de Elola. Cada paso parecía resonar de manera extraña sobre el asfalto caliente. De repente, noté un brillo en un piso superior. Fue apenas un instante: un reflejo en un cristal, como un ojo que nos observaba. Instintivamente, apreté el brazo de Ray.

—¿Viste eso? —susurré.

—Sí… pero podría ser cualquier cosa —respondió él, aunque su voz se vio traicionada por el nerviosismo.

Llegamos a la iglesia. El párroco joven nos recibió con una sonrisa que parecía artificial. Sus rasgos parecían distintos. Era él, pero no sabía definir qué tenía de distinto. Recordé que a nuestras preguntas, el año pasado nos había dado información coherente, pero esta vez sus respuestas fueron incongruentes, casi delirantes.

—¿La niña del 98? —pregunté—. ¿Qué pasó con ella?

—Ah… sí, sí… bueno, la vida sigue… las familias se mueven, los niños crecen y vuelan como pajarillos, nada más. —Su mirada se perdió—. Pero todo sigue su camino… o casi—miró al cielo repetidas veces.

—Pero, ¿cómo que “o casi”? —intervino Maddy con una voz cortante y fría.

—No importa —replicó el sacerdote, y cambió rápidamente de tema.

Algo no cuadraba con ese sacerdote. Era muy servicial y agradable, pero ahora parecía distante y frío. Quizá Valdemoro hiciera mella en sus habitantes. 

—Es este maldito pueblo —dije en alto.

—Sí, bueno… el pueblo… Valdemoro es una ciudad no un pueblo, parece que no lo sabe, bueno, pues me callo… no sé si es su culpa… no… no lo sé… —volvió a mirar al cielo.

Volví a recordar al padre de Daniel, aquel niño del 2003 que nos había dicho que su hijo estaba con unos primos. No recordaba el nombre exacto de su hijo. ¿Cómo podía pasar algo así? ¿Un padre que olvida el nombre de su propio hijo? La sensación de que algo profundo y extraño estaba ocurriendo se hizo más intensa. Miré a mis compañeros y vi cómo Sonny seguía la mirada del sacerdote; mientras Maddy luchaba por no golpearlo. Ray, por su parte, inspeccionaba todo a nuestro alrededor desde cierta distancia.

—No hay ni una biblia en todo el templo —dijo Ray con un gesto extraño.


Pasamos horas visitando casas y buscando en archivos de todo tipo. Pero no conseguimos ninguna información. 

Las calles nos ofrecían callejones cerrados, vecinas se encogían de hombros; los edificios silenciosos eran hostiles a nuestra presencia. Todo parecía diseñado para confundirnos.

—Nada tiene sentido —murmuró Sonny, mientras revisábamos un mapa con las ubicaciones de las desapariciones.

—Lo sé —respondí—. Pero debemos encontrar un patrón. Algo tiene que haber…

Ray subió a la azotea de un edificio cercano para obtener cierta perspectiva de Valdemoro. Desde allí observó los tejados y las luces de la ciudad.

Nos llamó a gritos:

—Chicos… esto no es normal. Las luces en algunos pisos… parpadean de forma extraña. Como si tuvieran un ritmo propio… como si fueran un latido —al decir esto último, un escalofrío casi me hizo trastabillar y me apoyé en el hombro de Maddy. 

Intercambiamos una mirada. Aquello aumentaba la tensión. Cada señal parecía inútil, pero todo  parecía estar conectado, sentía que la verdad estaba ahí mismo, frente a nosotros. Al alcance de nuestras manos, pero oculta tras un velo que no podíamos traspasar.

El día se convirtió en tarde y la tarde en noche. Con la oscuridad comenzaron las discusiones, las tensiones acumuladas del verano pasado y de estos días de investigación clandestina, comenzaron a estallar.

En la azotea la tensión se cortaba con una navaja.

—¡No podemos seguir así! —gritó Maddy, con frustración—. Nos estamos volviendo locos persiguiendo sombras.

—No estamos locos —repliqué—. Cada pista importa, aunque no la comprendamos.

—¿Y si todo esto es un juego de alguien? —dijo Sonny, irritado.

Ray bajó la mirada y nos hizo un gesto. Entonces lo vimos: el patrón que estábamos buscando, no era una escena determinada o una manera de atacar a los chicos. Ni siquiera, era el lugar donde desaparecían. Lo único que parecía tener algo de sentido en Valdemoro eran las luces. Titilaban a un ritmo constante, como si siguieran un recorrido de ventana en ventana.

Sonny nos miró con seriedad:

—Esto no es un juego, tíos… las luces, los reflejos… hay algo más allá de todos nosotros.

La mañana llegó y con ella se apagaron las luces, así que volvimos al alojamiento sin lograr obtener ninguna respuesta. Antes de irnos a la habitación, buscamos en nuestros móviles el vídeo de las luces encendiéndose y apagándose en las ventanas. No había ningún vídeo. Solo una imagen blanca. De un blanco tan intenso que hacía daño a los ojos. Nadie tenía ningún vestigio audiovisual de lo que habíamos visto. Cada uno nos marchamos abatidos a nuestras habitaciones. Yo me entretuve dibujando toscamente líneas intrincadas que formaban el trayecto de las luces. 

La sensación de impotencia era intensa. Sabíamos que algo se movía bajo la superficie de Valdemoro, algo que no se dejaba atrapar. Esa mañana, antes de dormir, escribí en mi cuaderno:

"Si no logramos entender esto, volveremos a perder a alguien. Todo está alineado, todo tiene un patrón que todavía no alcanzo a comprender."

Y fue esa última frase la que me hizo abrir la ventana. Miré el cielo y, por un instante, sentí que algo nos observaba desde arriba. Algo que, estoy seguro, se estaba divirtiendo mucho. El verano aún tardaría en comenzar, y ya advertimos que nada iba a ser igual.


Si quieres seguir la investigación desde el principio, puedes leer las entregas anteriores aquí:

Parte I 

Parte II


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