Donde desaparecieron. Parte II.

El verano que solo dejó sombras.

Calle en verano con persianas alineadas y sombras misteriosas. Escenario de desapariciones de verano, relato de misterio y suspense




Cuando se iba acercando el verano siguiente, la desazón hizo mella en mi equipo. Cuando quise hablar con el jefe, me dijo que habían decidido no enviarnos. No comprendí nada. No me dijeron el porqué. Pero yo continué pidiendo explicaciones. Solo obtuve silencios huecos, miradas extrañas y mucha indiferencia. Aquello me enfadó sobremanera. Tuve que aguantar que me dijeran a la cara que el caso estaba muerto. Fruncí el ceño y repliqué que no podía ser que estuviera cerrado. Sospeché por un instante que había sido la policía. A veces, la policía nos apartaba de algún caso para continuar ellos con sus pesquisas. Pero me dijeron que no era así. Su argumento fueron cuatro frases: 

Uno: no había titulares. 

Dos: no había cuerpos.

Tres: no había pruebas.

Cuatro: por lo tanto, no hay caso. 

Cogí el dossier y me marché muy enfadado. Cerré de un portazo la puerta del despacho y me largué de la oficina. Sentado en el coche, me puse a releer el informe. Pero no encontraba nada. Silencié el móvil porque había sonado varias veces. Estaba tan obsesionado que no me moví del coche hasta bien entrada la tarde. Anochecía cuando arranqué. Recuerdo seguir leyéndolo mientras subía en ascensor. Llegué a casa y me puse a estudiarlo con detenimiento. Esparcí las notas sobre la mesa. Apunté una idea. Luego otra. Y después una más. Lo único que encontré fueron fechas sueltas y demasiada calma.

Nadie quería volver y eso me provocaba una indignación que apenas me permitía dormir. Encendí la luz de la mesilla. Me senté y puse el informe en mis piernas. Seguí revisando las notas hasta que el alba me sorprendió. Había apuntado varias ideas. Me fui a duchar y, mientras desayunaba, revisé mis notas y anoté al margen. “Revisar desapariciones anteriores en Valdemoro”. Miré el móvil y no contesté ningún mensaje. Antes de entrar en la agencia, envié un mensaje a mis compañeros del equipo. Al entrar, miré alrededor y noté un gesto cómplice en Ray. Sonreí y me senté en mi puesto. Tal como imaginé, el jefe me llamó a su despacho y le receté la misma medicina que me diera él el día anterior. Quizá fui un poco ruin, pero pensé que era lo que se merecía.

Cuando salí de allí, vi a Ray que se dirigía al cuarto de baño. Le vi disimulando en el urinario y me puse a su lado. Metió algo en el bolsillo de mi chaqueta, pues todos decían que había micrófonos en los baños y yo sabía que era verdad, así que no dije nada. Metí las manos en los bolsillos y comencé a juguetear con un papel que tenía en el bolsillo. Había una nota manuscrita con la pésima caligrafía de Ray. “Las desapariciones en Valdemoro parecen espaciadas. Fueron en 1985, 1989, 1994, 1998, 2003, 2007, 2012, 2016, 2021. Parecen seguir un patrón. ¿Azar?” Esta última palabra estaba rodeada por una serie de trazos más profundos. Miré a Ray que me sonreía y asentí.

Cuando le comenté al jefe lo que había descubierto, abrió mucho los ojos y dándome una palmada en el hombro, y con un tono tristón, me dijo “olvídate”. Eso me dijo. Me pidió que esperase fuera porque tenía que hacer una llamada. Regresé a mi sitio. Ray y los otros se acercaron. Negué con la cabeza y fue cuando la persiana del despacho acristalado del jefe descendió como un fardo y comenzaron a escucharse una serie de gritos ininteligibles. Sonny, Maddy y Ray me miraron sorprendidos. Estábamos los cuatro tan absortos mirando hacia el despacho que, cuando se abrió la puerta, nos sorprendió y no pudimos disimular. El jefe nos hizo una advertencia desde la puerta: “Olvidáos”.

Deshizo mi equipo: A Maddy la llevó con Ramón y Fernando. Maddy no pudo reprimir un gesto de asco. Ramón y Fernando eran considerados por todos nosotros unos imbéciles de tomo y lomo. Pasaban las horas vigilando desde un coche, mirando vídeos porno y tratando de seducir a chicas. Llevaban muchos años y el jefe les había cogido cariño. Ray fue con Rober e Iván. Dos chicos nuevos. Muy dispuestos y agradables. Ray iba contento. Sonny, por su parte, se quedó en la oficina. Alguien tenía que dirigirlos a todos y recibir las llamadas y notas. 

Me levanté de mi sitio como impulsado por un resorte. Estaba muy cansado. Necesitaba unas vacaciones. Nadie discutió nada. Sabían que las necesitaba. Lo que me habían hecho no tenía nombre. Era finales de primavera, el verano se acercaba y le dije al jefe que me concediera mis vacaciones. Añadiendo los días que me debían, por supuesto. No me puso ningún reparo. Antes de irme, le pedí a Maddy que escanease el expediente y lo enviara a mi correo electrónico. Al llegar a casa, ya lo tenía. Aparqué en un arcén y llamé a un número de teléfono. Solicité un alojamiento. No sabía cuánto me iba a quedar. En realidad, no dependía de mí.

Valdemoro seguía igual. Recuerdo que la avenida de Andalucía vibraba bajo el sol. La plaza de la Constitución tenía ese mismo ritmo lento y pausado que habíamos visto en verano. Las miradas eran más luminosas, pero los ancianos del parque no quisieron responder a mis preguntas. En la calle Estrella de Elola el aire parecía temblar a ras del suelo. Como si el asfalto suspirase.

Entré en un bar de la calle Ruiz de Alda. Pedí agua. El camarero me miró como si me reconociera de otra vida.

—Hace calor —dijo.

—Siempre lo hace en verano.

No hablamos más.

Empecé por donde siempre empiezan las cosas cuando nadie quiere hablar: investigando los archivos. Descubrí que la policía no había hecho más pesquisas que nosotros. Se marcharon después, sin nada que hacer. Decidí ir a las iglesias para recabar los archivos parroquiales primero.

El nombre de la niña desaparecida en el 98 aparecía en la lista de catequesis. En 1999 ya no. Sin anotaciones ni traslados. No había referencia alguna a ella. Se había evaporado. Como si nunca hubiese estado allí.

Revisando en el año 2003 encontré al chico desaparecido inscrito para confirmación. Su nombre estaba tachado con una línea recta en rotulador rojo. Ni fecha. Ni explicación.

El párroco actual era joven.

—Aquí solo anotamos lo que nos dicen las familias —explicó.

—¿Y si alguien deja de venir? —le pregunté. Se encogió de hombros.

—No preguntamos.

Aquella frase la escuché muchas veces. No preguntamos. Nadie pregunta. A nadie interesa un chico desaparecido ¿de verdad? Fui a las direcciones de las casas donde habían vivido esos niños. En la calle Libertad me abrió una mujer que había sido vecina de la primera niña.

—Sí, tenían una hija —dijo—. Muy callada.

—¿Sabe qué pasó? —La mujer frunció el ceño.

—Se marcharon.

—Los padres siguen viviendo aquí.

Tardó en responder.

—Entonces… no sé qué pasó.

La conversación se deshizo en ese momento. Siempre ocurría lo mismo. Callejones sin salida, tras callejones sin salida.  Cuando el recuerdo se acercaba demasiado, algo se rompía. Nacía una duda. Una pausa. Y luego el cierre.

—No lo sé.

En el ayuntamiento revisé el padrón. Los nombres de los niños seguían figurando durante años en el mismo domicilio. Sin bajas. Sin traslados. Como si continuaran viviendo allí.

Visité el colegio Diego Muñoz Torrero. La secretaria consultó el ordenador con una sonrisa que parecía parte del mobiliario.

—No consta traslado —dijo.

—¿Entonces?

—Tampoco consta expediente cerrado.

—¿Qué significa eso? —Me miró por encima de las gafas.

—Significa que no consta nada —dijo con un suspiro.

Ese “nada” era más inquietante que cualquier respuesta. Aquella noche, en el hostal, puse las fechas en orden. Las comparé con otro registro: llamadas a la policía por discusiones familiares. En eso sí que coincidían.

Todas las familias de los niños desaparecidos habían tenido problemas semanas antes. Se habían escuchado gritos. Incluso amenazas. Vecinos llamando por el ruido que hacían. Después del verano no volvía a registrarse nada. Las casas recuperaban la calma.

Antes de irme, volví a la calle Estrella de Elola a mediodía. Las persianas estaban bajadas en muchos pisos. Pero había algo extraño. En varios edificios estaban alineadas exactamente a la misma altura. Ni más arriba. Ni más abajo.

Lo anoté sin saber por qué lo hacía. Un día escuché una discusión. Recuerdo pensar: no es verano. Fue en la calle San Vicente de Paúl. No era raro. Con el calor, las ventanas abiertas convierten cualquier pelea en un asunto público. Pero lo que me llamó la atención fue que aquella discusión duró horas. Al día siguiente no se oyó nada. Las persianas permanecían bajadas. Era el tercero A.

Tres días después vi salir a los padres. Caminaban juntos. Despacio. Cabizbajos. No hablaban. 

El quince de septiembre, las persianas estaban levantadas. En el buzón faltaba un nombre. Llamé. Subí. Me abrió el padre.

—Estamos bien —dijo antes de que preguntara.

—No le he preguntado nada.

Me miró fijamente.

—Mi hijo está con unos primos.

Fruncí el ceño.

—¿Cómo se llama?

Tardó una fracción de segundo en responderme sin pestañear.

—Marcos.

Asentí en silencio y me marché. En mis notas figuraba otro nombre. Daniel.

Aquella tarde me senté en la plaza de la Constitución. Observé a la gente pasar. Nadie buscaba a nadie. Nadie parecía preocupado. No había prisa de ningún tipo. Había algo más extraño que el silencio. Valdemoro parecía… tranquilo. Rebosaba normalidad. Como si se hubiera evitado un problema. 

Aquella noche no podía dormir y caminé de nuevo por la calle Estrella de Elola. Eran las dos de la madrugada. El calor seguía pegado al suelo. Me detuve frente a uno de los edificios donde había desaparecido el chico del 2003. Las persianas estaban alineadas. Todas. Entonces lo vi.

En el cristal del tercer piso, iluminado por una farola, apareció durante un segundo una silueta pequeña. Un niño. Parpadeé. El reflejo había desaparecido. No volví a verlo. El verano fue de lo más ingrato. No conseguí nada. Nadie decía nada. Yo mismo empecé a dudar de que algo hubiera sucedido. 

Abandoné Valdemoro el último día de agosto. Intenté escribir un informe varias veces, pero fue absurdo. Estaba en el punto de partida. No había pruebas.

Solo había huecos. Muchos. Huecos en las mesas. Huecos en los álbumes de fotos. Huecos en los registros.

Un año después revisé mis notas por última vez. Había contado siete desapariciones. Pero solo podía recordar con claridad seis nombres. El séptimo estaba escrito en mi cuaderno. Al leerlo no me venía a la cabeza ningún rostro. Ni una fotografía. Ni una escena. Era solo un nombre. En una de las imágenes que tomé en la plaza aparecían tres niños jugando al fondo. Al ampliarla solo quedaban dos. Entre ellos había un espacio perfecto. Demasiado perfecto.

Grité al cielo y maldije Valdemoro. Pero cada verano, cuando el asfalto empieza a hervir y el aire vibra sobre las calles, recuerdo aquella línea de persianas perfectamente alineadas. Y pienso en algo que nadie dijo nunca en voz alta. Hay lugares donde el equilibrio importa más que la verdad. Y Valdemoro siempre ha sido un lugar muy equilibrado.


Si quieres seguir la investigación desde el principio, puedes leer la entrega anterior aquí:

Parte I 


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