Seis meses sin música
Prohibieron la música durante seis meses y la ciudad parecía respirar mejor.
Los pasos de las personas al caminar por la calle dejaron de tener ritmo. Se volvieron planos. Insulsos. Arrastraban los pies.
Los más osados, fingieron una agilidad que habían perdido. Había veces que tropezaban con un adoquín o una acera al arrastrar sus pies. Cuando una nueva torpeza de este estilo regresaba, sentían como si el cuerpo se hubiera olvidado de algo ancestral, que debería estar ahí pero había sido olvidado sin que lo supieran nombrar.
Durante esos seis meses, dejó de escucharse música y el número de peleas había bajado notablemente. Las autoridades se felicitaron muy ufanos. Les parecía haber logrado un éxito mayúsculo. De esos que les reportaría fama mundial, pero el descenso de la violencia fue abrupto como la bajada de un suflé cuando se enfría.
Solo se escuchaba el frisfrás de la ropa al rozar mientras andaban, pero ese ruido carecía de compás o melodía alguna. Las voces fueron siendo cada vez más transparentes y apagadas e inermes. el orden de las calles, la monotonía del diseño de la ropa, la uniformidad de la sociedad y ese silencio empezó a convertirse en un orden inalterable.
Las voces bravas fueron las primeras en desaparecer. Todas esas voces que interpelaban a los demás, que hacían pensar, que les enseñaban a dudar haciéndoles reflexionar y sacar conclusiones personales. Con su desaparición dejaron el estruendo flotando en el aire unos segundos de más como para que los demás fuesen conscientes de su presencia menguante.
Después, como si se hubiesen convertido en algo etéreo, desaparecieron con un "blop". Como si de una pompa de jabón se tratase. Parecía que nunca hubieran tenido peso. Ese fue el momento en que empezó a suceder que, cuando alguien intentaba sujetar una idea larga, el argumento se caía en mitad de la frase. A veces caía antes de emitir sonido alguno.
De modo que el pensamiento carecía de ritmo, de pulso, de apoyo. Era un punto sin retorno. Esto hizo que el lenguaje empezase a agrietarse. Las frases se volvieron inútiles. Los pensamientos evitables. Las preguntas fueron haciéndose más y más cortas. Las respuestas, automáticas. Los monosílabos revivieron en la barbarie silente del pensamiento fláccido. Las ideas, por lo tanto, no eran sino oscuros huecos cada vez más grandes que se abrían ante ellos. Pensar durante más de dos pasos seguidos era extenuante. De modo que vieron cómo huían las ideas originales.
No fue un corte abrupto como si al reproducirse la música vital alguien hubiera dado a un gigante botón de parada, no. Fue una repetición ordenada. Ahí sí hubo orden. En la repetición de sensaciones, conclusiones y decisionese tomadas. Se repitieron una y otra vez los mismos gestos. Los mismos errores se iban cometiendo en distinto orden. El mundo había empezado a perder el sentido.
Comenzó a haber cierto comercio bajo cuerda. Un trapicheo constante de fragmentos sonoros. Veinte segundos de guitarra rítmica podía llegar a valer tanto como una casa en el mercado underground. Un riff breve repetido hasta la saciedad, podría equipararse a una semana de ruido sanador. Una canción entera podría llegar a reportar una identidad ficticia. El mercado negro fue floreciendo y cada vez podía verse más gente de colores.
Las ordas de personas silentes convencidas fueron persiguiendo con sus grises existencias las coloreadas conciencias del resto. Pero éstas, más ágiles y vivas, escaparon con facilidad. El mercado negro fue de colores. El síndrome de abstinencia musical no era mental. Era físico. Piernas batiéndose, cabezas balanceándose, dedos tratando de chasquear un compás incapaces de lograrlo.
Entonces vinieron los accidentes. Primero fueron pequeños errores simpáticos, pero luego dejaron de tener gracia. Se volvieron cada vez más graves e inevitables. Puertas que eran empujadas con demasiada fuerza y golpeaban al que trataba de salir desde el otro lado. Las quejas y los llantos llegaban muy tarde.
Las miradas se volvieron demasiado pesadas y largas para unas vidas tan planas. Pronto los accidentes dejaron de serlo. Fue cuando se aproximaron las venganzas y llegaron los asesinatos por motivos absurdos o, simplemente, sin motivo. Sin una historia previa que pudiera sostenerlos. Actos cortos e impredecibles. Golpes secos y sordos. Ruidos mal sincronizados. Escenas desagradables, cruentas y salvajes.
Un salvajismo primigenio e involucionado fue abriéndose paso arrítmicamente. Como fallos de una síncopa agradable en un mundo que olvidó acompasarse.
La ciudad se movía como un cuerpo sin orden ni concierto. En un silencio sepulcral y enfermizo. Se conducían como animales aburridos dentro de un ascensor que nunca termina de llegar. No había arriba ni abajo. Ni encontraban la salida. Solo había espera que flotaba en el aire denso.
El cerebro se simplificaba. Cada día había menos conexión y empatía. Menos capacidad de ser humanos. Menos improvisación. Menos sorpresas. Todo ordenado, uniformado, monótono. El pensamiento huyó sin saber que había huído.
El cerebro se vaciaba de viva humanidad. Se reduce a un blanco y negro eterno. Se vuelve tan inútil que ni siquiera es básico. Peligrosamente primitivo. Nadie hablaba, solo emitían gruñidos. Ggiraban la cabeza cuarenta y cinco grados y escuchaban con una atención extraña. Un ruido monocorde y gutural fue ascendiendo formando espirales en el aire. Era un pulso plano, repetido. Una suerte de eco seguido por un incómodo silencio que cada vez es menor. Los gruñidos se van uniendo a los movimientos de los seres grises. Nadie entendió que seguía órdenes. Nadie supo que habían sido modelados por un nuevo orden mundial.
Prohibieron la música seis meses y la humanidad murió.
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“Si miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti.”
— Friedrich Nietzsche, Más allá del bien y del mal.”
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