Donde desaparecieron. Parte V

Sombras en la ciudad, luces que avisan peligro.


Calle oscura con farolas alineadas y encendidas.


—No son drones —dijo Maddy, acercándose por encima de mi hombro y encendiéndose un cigarro con el anterior—. 

—No —replicó Sonny. Esto es otra cosa. Algo que no podemos entender —levanté la mirada y vi el miedo reflejado en sus rostros.

Un miedo que comenzó a instalarse entre nosotros de manera tangible. La sensación de ser observados fue creciendo hasta convertirse en una paranoia. Todos dimos un respingo cuando escuchamos ruidos de muebles arrastrándose y pasos en el piso superior. Ray acarició su pistola de nueve milímetros. Nadie debería estar allí. Ray urgió a Maddy y Sonny para que subieran con él a investigar. Los vi marcharse avanzando con cautela, mientras yo me quedaba cerca de la entrada, preparado para cualquier eventualidad.

El descansillo estaba vacío y un silencio pastoso lo envolvía todo. Daba la sensación de que ese silencio podría absorber la luz de las lámparas. En la pared, un reflejo verde me hizo girar de un salto. Instintivamente me oculté de esa luz. 

Escuché entre bruma unos pasos apresurados y vi cómo aparecían los tres compañeros seguidos de sendos haces de luz verde.

—Ocultaos —grité. Vi que cada uno ocupaba un sitio apartado de las luces. Ray dio una patada a la puerta que se cerró de un golpetazo.

—No estamos solos —susurró Ray mirándome fijamente. No podemos confiarnos.

Maddy alargó la mano por encima de la mesa y cogió los móviles y el dossier que estábamos confeccionando. Revisó nuevamente los registros y alternaba la lectura con miradas inquisitivas. Señaló a Sonny y le explicó en susurros algo que debía ser extraño. Sonny nos miró, garabateó algo en un papel y nos lo arrojó: los niños desaparecidos no solo se han esfumado: los patrones de movimiento de sus familias han cambiado. Maddy había anotado algo en unas hojas del dossier y nos lo arrojó arrastrándolo por el suelo. Lo atajé y lo abrí. Ray y yo nos miramos extrañados.

Unos ligeros cambios se habían producido en el día a día de cada familia. Si al padre le gustaba el fútbol, por ejemplo, de un día para otro había cambiado de gusto y ahora no lo veía. Si la madre cosía, ya no lo hacía. Ese tipo de cambios. Pero eran unos cambios que se habían producido en todos los hogares donde había algún desaparecido.

—Esto no puede ser coincidencia —dijo Maddy en alto. 

—Han dejado de ser ellos —susurró Ray.

—Bueno, después de una tragedia puede que haya algún cambio en el seno de la familia…

—Sí ¿verdad? —preguntó Sonny tratando de ocultar el temblor de sus manos.

—Vale, pero son cambios producidos por una depresión profunda, como falta de interés, dejadez…

—Anhedonia, creo que se llama —dijo Ray.

—Exacto.

—Pero fijaos bien porque, en este caso, todas las familias han adquirido los mismos gustos, se mueven los mismos días a los mismos sitios, compran los mismos alimentos, tienen exactamente los mismos horarios de sueño y vigilia…

—Es como si alguien los hubiese fotocopiado…

— o como si los estuvieran sustituyendo.

—¿Sustituyendo? —pregunté, con el corazón acelerado—. ¿Cómo?

Ella me miró con gravedad.

—No lo sé exactamente… pero las desapariciones, los reflejos, las luces… todo apunta a algo mucho más grande que nosotros. Algo que juega con la realidad.

—Como en la película aquélla… ¿cómo se llamaba? 

—La invasión de los ultracuerpos —dijo Ray.

—Exacto.

El alba comenzó a despuntar y el color morado del cielo fue aclarándose poco a poco… Cada uno estábamos sumidos en nuestros pensamientos y Maddy se había quedado dormida bajo la mesa del escritorio. Un escalofrío recorrió mi cuerpo cuando vi que algo entraba por debajo de la puerta. Después, escuché unos pasos en el pasillo. Me aproximé reptando hasta la puerta y alcancé un papel doblado en cuatro. Se trataba de otra nota anónima, aún más perturbadora que las que recibí antes de empezar esta aventura. Decía:

"No mires atrás. Cada sombra puede ser la última cosa que veas."

Se la pasé al resto del equipo y el último en leerla fue Ray, que la sostuvo con su mano, leyendo en silencio y mirando por todas partes del papel, poniéndolo al trasluz para ver si veía algo más. La sensación de peligro era tan intensa que podíamos sentir nuestro propio latido en las orejas.

—Tenemos que  mantenernos juntos —dije. Nadie puede salir solo. 

Cuando salimos a las calles de Valdemoro,  que antes habían parecido tranquila e inofensivas, ahora estaban impregnadas de un aire hostil, casi consciente. Cada persiana alineada era una amenaza velada; cada luz fugaz, una mirada fija en nosotros; cada sombra que se movía nos gritaba que no se trataba de algo ordinario.

De pronto, Maddy dijo lo que todos estábamos pensando y no nos atrevíamos a decir en voz alta.

—Esto no es humano. Lo que hace esto… examina, analiza y reemplaza no es normal.

—Como una especie de… intercambio de unos por otros —musité, y el frío recorrió mi espalda. Como si estuviéramos en medio de algo que ni siquiera podíamos comprender.

Ray miraba hacia la ventana, el brillo de sus ojos reflejando la luz que entraba de manera oblicua. La sensación de impotencia se mezclaba con el miedo latente, y aun así, un impulso de coraje nos unió. Teníamos que actuar, aunque no supiéramos cómo.

Poco después de comer, mientras explorábamos un callejón cercano al edificio donde se produjeron las últimas desapariciones, notamos movimientos extraños: vimos unas figuras imposibles. Quizá la luz incidía en sus cuerpos de manera extraña y proyectaba sombras que no eran humanas. Pero, tras una esquina, nos topamos con una sombra muy oscura con los ojos de un intenso color anaranjado muy brillante. Cuando fui a sacar mi pistola había desaparecido. Se movía con una rapidez imposible. Huimos de las sombras, y fue entonces cuando vimos que en el lugar en que estaba esa sombra extraña, había un cuerpo de un tipo adulto completamente desnudo y muy pálido. Un ser de lo más anodino. Tenía todas las facciones y ninguna a la vez. Lo tocamos y estaba extrañamente caliente. Escuchamos un sonido sibilante proveniente de su garganta. Abrió mucho los ojos y eran del mismo color anaranjado brillante. Comenzó a abrir la boca y alargó el brazo hacia Sonny. Ray se abalanzó sobre el cuerpo y con un chasquido terrible le rompió el cuello. El sonido se silenció y los ojos se apagaron. Desde mucho más arriba de la azotea, llegó un alarido muy agudo que escuchamos nítidamente y después una especie de voz ronca gritó algo ininteligible. 

Un estruendo terrible sonó a escasos veinte metros de nuestra posición. Era un cuerpo humano totalmente reventado por la caída y cuya fisonomía encajaba perfectamente con la del ser que acababa de matar Ray. Como si hubiésemos matado la copia y nos hubieran devuelto el original

Comprendimos que quienes fuesen los intercambiadores, como los comenzamos a llamar, no solo se llevaban a niños… sino que también vigilaban, cazaban, y reemplazaban con copias exactas los cuerpos que tomaban. La sensación de estar vigilados subió su intensidad hasta mantenernos completamente despiertos. El horror se hizo real. Las abducciones eran sistemáticas y meticulosas. 

Y lo peor era que comprendimos que nosotros éramos el siguiente objetivo.


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Parte I 

Parte II

Parte III 

Parte IV


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