La mansión de rincones sucios.
Habitaciones selladas, una herencia impecable y un secreto. La mansión se alzaba en una calle sin salida de una de las primigenias urbanizaciones de Boadilla del Monte, plagada de esas construcciones que precedieron al urbanismo moderno y aún conservaban la arrogancia silenciosa de las familias que los levantaron cuando el monte era monte y Madrid quedaba lejos. Construida con muros gruesos, rodeada de jardines diseñados para ser contemplados desde dentro y con una arquitectura concebida no para acoger, sino para permanecer. En un piso moderno, nada destacado y bastante ordinario de la calle de los mártires, estaba toda la familia al completo. Los acomodaron en una extensa habitación coronada por una mesa enorme a cuyo alrededor se fueron sentando uno a uno. Un tipo vestido de negro, con voz atiplada y monótona y con cara de palo hizo la lectura del legajo que llevaba entre manos. La primera cláusula del testamento era clara y aséptica: “El heredero deberá habitar la casa íntegramente ...