Los prescindibles

A todos nos duele la espalda

Joven caminando en una calle neblinosa, símbolo del dolor crónico invisible y la incomprensión social.

Al principio era solo un dolor. Así lo recordaba él: un dolor que le había acompañado todos y cada uno de los días de su vida. Pero no era más que un dolor. Eso le decían todos. “Es un dolorcillo normal, hombre” le repitieron a lo largo de los años médicos, vecinos y hasta el repartidor del butano. 

Aderezaban la frase con “todos tenemos algún dolor, hombre” y, para más enojo de nuestro protagonista, a veces tenía que lidiar con un socarrón: “si no te duele nada es que estás muerto”. Lo que no sabían es que hubo días en que llegó a juguetear con la cuchilla haciendo cabriolas en su muñeca; jugueteando con un puñado de pastillas en la palma de la mano. Si lo hubieran sabido, pensaba, ¿dirían lo mismo? Probablemente sí porque la gente es gilipollas, se respondió en seguida.

Porque para Julián, como para cualquier paciente con algún dolor crónico, aquella sensación fue creciendo en su interior como una raíz negra que se enroscaba dentro de él, adhiriéndose a su espina dorsal, oprimiendo sus pulmones, asfixiando sus ganas de vivir y retorciéndolo por dentro hasta obligarlo a caminar con un bastón. Parecía un anciano a los treinta y pocos años. El bastón lo humillaba casi más que el dolor; era como llevar un cartel colgado al cuello: “Joven roto”. En cambio, otras veces pensaba que ese bastón era la tabla de salvación de un moribundo. Se imaginaba como un náufrago flotando en un oscuro mar embravecido y acechado por todo tipo de bestias abisales. Ahí estaba él, cogido al tablón y tratando de subirse encima.

Durante mucho tiempo se había negado a salir a la calle. Se encerró, ya no en su casa, sino en su habitación. Todos los días encerrado entre sus cuatro paredes. Sin ganas de vivir, doliéndole hasta respirar. Viendo cómo su madre apartaba la vista para tratar de ocultarle la tristeza que la embargaba. Mirando en el fondo de los ojos de su madre su propio reflejo abatido y destrozado. Tirado, tragando silencio, resignación y algún que otro calmante que no le calmaba en absoluto. No trabajaba, tenía una incapacidad laboral por el maldito dolor crónico. Esa era una situación que a él, en su fuero interno, le hacía pensar en la encarnación de la palabra: “fracaso”. Para él estar en esa situación era un fracaso en toda regla. 

Hasta que, una mañana gris, pensando más que en nadie, en su derrotada madre decidió tomar las riendas de su vida. O al menos, abrir la puerta y salir a comprar pan. Se levantó a duras penas, se duchó dejando que el agua arrastrase toda su tristeza y abatimiento, y se acercó a su madre que trajinaba en la cocina entre olores magníficos. 

—¿Adónde vas cariño? —preguntó su madre con un ligero temblor en las manos mientras se secaba con el paño de la cocina. 

—Voy a la calle, mamá —respondió Julián con una tímida sonrisa en la cara. ¿Qué estás haciendo? —le preguntó señalando con un gesto de la cabeza la humeante olla.

—Pote asturiano, como sé que te gusta tanto… 

—Entonces, ¿necesitas que vaya a comprar el pan? —la madre asintió tratando de evitar el llanto.

Julián giró con torpeza y algo de miedo ante la idea de salir a la calle. Hacía mucho que no salía de su casa. Cuando estuvo frente a la puerta de la calle, respiró hondo, apoyó el bastón, y la abrió avanzando hasta la calle. El cortante viento frío le dio la bienvenida e hizo brotar un escalofrío. Se mantuvo quieto un rato, acostumbrándose al ruido envolvente y al aire de la calle. Aclimatándose a la intemperie y sintiéndose más vivo. Era como si la costra de irrealidad y pesimismo se le hubiera caído dejando una cicatriz y ahora tuviese un nuevo tejido epidérmico cuyo vello se erizaba. Fue ahí, junto al portal, donde se encontró a Alberto, el estúpido vecino del tercero.

—¿Qué pasa, Julián? ¿Otra vez con el bastoncito? —sonrió malévolo el hombre y esperó la respuesta del chico. Miraba como si la frase viniera envuelta para regalo. Quería saber si le había gustado. Como Julián lo miraba con cara de asco y no le respondía, continuó—. Bah, no exageres, a todos nos duele la espalda.

Algo parecido a una daga ardiente se hundió con un chasquido dentro de Julián. Sus dedos se crisparon alrededor del bastón. Los nudillos se pusieron blancos. Los músculos de la cara se le tensaron y respiró hondo. No dijo nada. No podía porque todo lo que le venía a la cabeza eran salvajadas. Contuvo el impulso de dar un golpe con el bastón en medio de la cara de Alberto. Aunque se lo imaginó con toda nitidez. Dio media vuelta y, dejando la risa flotando a su espalda, regresó a casa sin pan. Tenía un nudo en la garganta y un agujero en el pecho. No pronunció palabra alguna y se encerró en la habitación. Lloró hasta dormirse, y soñó —con deliciosa nitidez— que el vecino se tragaba sus propias palabras hinchándose como un pez globo y después su sonrisa estallaba en mil pedazos.

Al día siguiente, volvió a intentarlo.

Apenas había cruzado la acera cuando una mujer que no recordaba haber visto jamás le soltó:

—¿Un bastón? Pero si eres joven. Qué blandita es la juventud ahora, madre mía.

La frase cayó sobre él como una losa enorme. Julián la miró con una mezcla de asco y resignación, y se marchó sin replicar. Esta vez no volvió a casa. Continuó su camino hasta la tienda. En la panadería, la panadera le regaló otra perla en forma de frase impertinente:

—¿Dolor crónico? Anda ya… Lo que necesitas es hacer natación. 

Julián sonrió silencioso y cogió el pan marchándose. Toda esta gente debería desaparecer, pensó con total frialdad. De hecho, no me importaría que les pasase cualquier cosa. Qué asco de gente, por favor. En el parque, un adolescente que estaba mascando chicle y escuchando su pestilente música en el móvil, le dijo:


—Bro, ¿qué pasa, que eres viejo o qué? —giró para mirar a sus compañeros de banco que se reían y movían la cabeza al ritmo de la música. 

Julián apretó el bastón y miró más allá de los chicos por entre los árboles, tratando de alejarse de allí lo máximo posible. Se imaginó cogiendo el móvil con la basura aún sonando y metiéndoselo por el culo al chaval ese. Sonrió para sí y continuó caminando. Borró su sonrisa al llegar al portal y ver que, antes de cerrarse la puerta, otra vecina entró al ascensor.

—Pues yo a tu edad subía tres pisos sin ascensor y nunca me quejé —miró fijamente los zapatos de la señora por no levantar su mirada. 

El odio estaba avinagrando el sabor de su saliva. Sentía la mirada más estrecha y respiraba entrecortadamente. Cuando la señora salió del ascensor, Julián se imaginaba tirando a la señora por el hueco de las escaleras. Cuando estaba en el salón leyendo un libro, sonó el teléfono y era un compañero de trabajo:


—Pero si te veo tan normal en las fotos. No será para tanto… qué jodío, has engañado a todos, ¿eh?

Cada frase era un giro más del clavo que le oprimía la médula espinal. Todas esas burlas invisibles dolían más que la raíz negra que llevaba por dentro. No tenía que convencer a nadie de su dolor, se dijo una y otra vez. No obstante, sabía que salir le venía bien y, fuese diez metros o quince, caminaba un poquito y se sentaba en un banco a leer un libro. Después de cruzarse con “la gente prescindible”, como los llamaba ahora, volvía a casa sangrando por dentro sin que nadie viera su hemorragia.

Hasta que una mañana al despertarse, notó algo diferente. No sabía por qué. La cuestión es que lo era. Una especie de ligereza inundó todo su ser. Decidió salir de nuevo. Ocurrió algo extraño.

Primero vio al vecino del tercero. O creyó verlo: era él, pero no estaba del todo nítido. Su piel parecía más pálida, más fina, podría decirse que era casi... translúcida. Como si estuviera hecho de niebla compacta. Como si se tratase del ectoplasma de un fantasma. Julián se preparó para otra puñalada verbal, pero la voz del hombre sonó amortiguada, distante, como si viniera desde el fondo de una cueva. Lo que le pareció muy gracioso a Alberto, a él le daba igual. El vecino se enfureció al ver que no le afectaba lo que le decía y continuó:

—Bah… a todos… nos duele… la espalda…

Sonaba absurdo. Ridículo. Una caricatura. No dolía en absoluto. Julián le sonrió abiertamente y dejándolo con la palabra en la boca, se giró.

Siguió caminando. La señora mayor del ascensor estaba caminando por la acera. Más que caminar, parecía deambular flotando levemente sobre sus zapatos. Julián reparó en los contornos borrosos de la mujer. Frunció el ceño y giró la cabeza tratando de escucharla. La mujer iba murmurando su habitual sentencia. Llegó a la panadería, y todo estaba igual de difuso. La vio mover los labios como una marioneta vieja. Todos con los que se cruzaba repetían, incansables, sus frases gastadas. Ya no tocaban nada dentro de él. Eran ecos huecos. Julián regresó a casa. Se acostó. Durmió como hacía meses no dormía: sin sueños de venganza, sin lágrimas. Sólo con satisfacción.

Al día siguiente salió y, al doblar la esquina, volvió a encontrar al vecino del tercero. Esta vez era casi invisible, un borrón, un ser de humo mal dibujado. Julián se detuvo, sorprendido.

—A todos… nos duele… la esp…

El vecino explotó como una pompa de jabón, frente a él. Julián se sorprendió. Literalmente había explotado. Emitió un pop suave, casi elegante, y se deshizo en una insignificante nube de vapor que el viento se llevó como si nunca hubiera existido.

Julián se quedó inmóvil, parpadeando. Luego empezó a reír. Una carcajada atávica, liberadora y salvaje que brotó desde lo más profundo de su ser. Rió hasta que las piernas le temblaron y tuvo que sentarse en un banco.

A su alrededor iba escuchando un susurro seguido de un pop tras otro. Lo que le provocaba violentos ataques de risa. Pero ahora las calles estaban placenteramente vacías de impertinentes.

Quizá —pensó— el dolor no era el que debía desaparecer… sino todos ellos. Los impertinentes. La gente prescindible. Y por primera vez en mucho tiempo, el mundo le pareció un lugar un poquito más habitable.


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Estás en el subsuelo, donde habitan las raíces, el lugar en el que este blog escarba hacia el infierno y escupe lo que encuentra. Aquí no hay frases bonitas, ni de autoayuda, ni vamos a colorear mandalas. Solo literatura oscura, crítica sin trinchera, dolor crónico y verdad sin anestesia. Si no te gusta, sigue perdiendo el tiempo con jueguecitos insulsos. Pero si algo de esto te remueve… ya no habrá marcha atrás.

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