Planes de Navidad
Esta Navidad no todos tendrán lo que quieren.
Nadie en aquella casa lo sospechaba, pero había decidido que esta Nochebuena sería la última para todos ellos. Lo supo dos semanas antes: su mujer y su cuñado, el marido de su hermana, estaban juntos.
No había discusión posible; lo había visto con sus propios ojos. No quería preguntarles ni dar opción a réplica porque no se veía capaz de aguantar sus argumentos. Todo ocurrió unas horas antes. Un mensaje en clave en el móvil de su mujer. Desde un número desconocido. Frunció el ceño y escuchó la ducha. Su mujer estaba dentro y el agua aún sonaba. Abrió la aplicación y pudo ver todos aquellos mensajes subidos de tono. Pero eso no era todo: había visto los mensajes de su propia hermana, animándola al divorcio, con una naturalidad que le heló la sangre. Después le seguían unos mensajes en los que sugerían planes por hacer como si él ya no existiese. Un vacío se alojó en su pecho. Todos conspiraban contra él. Quedaban unos días para la fiesta de Navidad. Desde ese instante, cada gesto, cada sonrisa familiar, cada villancico, le raspaba los oídos como un insulto. Así que la cuestión era cómo hacerlo. Tras muchas pesquisas, lo decidió: envenenaré a todos en la cena. Era un plan sencillo. Una única oportunidad. Si eso fallaba, tendría que improvisar.
En el chalet de sus suegros, fue solícito como siempre para poner la mesa, servir un cóctel previo a la cena. Mantener una conversación animada. Estaba tan ilusionado ante la perspectiva de verlos a todos muertos. Al fin y al cabo, rió, la Navidad es la fiesta de la ilusión y las sorpresas. Veréis las sorpresas que os esperan, pensó divertido. Vertió parte del veneno en el consomé que había preparado la tía abuela. Pero algo le olió raro y decidió no servir el tradicional consomé. Lo apartó en el fogón y luego, su suegra, como cada año, sirvió ella misma el vino; y cuando por fin estuvo a punto de acercar el pavo, que era el plato “especial” de cada Nochebuena, a su mujer, su hija pequeña lo llamó para que viera el dibujo que había hecho. Guardó de nuevo el frasco en su bolsillo. Era un retrato infantil de Papá Noel. La desilusión fue apagándole la emoción y el buen humor. Una interrupción tras otra, hasta que la idea del veneno se fue desmoronando ante él. En primer lugar, se le estaba agotando. No daría para matarlos a todos. Habría que individualizar el objetivo. Aún tenía suficiente brebaje para matarlos a los dos. Pero cuando fue a echarlo en el vaso de su cuñado, el perro se abalanzó sobre la mesa para coger un muslo de pavo que le estaba ofreciendo su sobrino.
—¡Joder! —gritó demasiado alto. El silencio que siguió le cayó encima como una losa. Se estaba comportando como un maniático. Trató de sonreír, pero torció su boca en un gesto grotesco. Nada le salía bien, pensó. Tendré que improvisar.
Pidió perdón a todos y se sentó un rato con fingida calma. Después, una luz se iluminó en lo más profundo de sus ojos. Habló en susurros con el abuelo, le preguntó si podría ir al cobertizo para recoger el traje de Papá Noel y aparecer aquí como Santa. El suegro asintió, sonriente, y levantó una copa para ofrecer un brindis: “¡Por la familia!” Dijo el anciano. Por la unidad de la familia, subrayó él marcando cada palabra. Mientras lo decía, no apartó la mirada de su esposa y su cuñado. Esa mirada no pasó desapercibida para ninguno de los dos. Cruzaron sus miradas e hicieron casi al unísono un gesto de aquiescencia.
Era verdad que iba al cobertizo para coger el disfraz de Santa. Se disfrazó pensativo mirando alrededor. Movió con fuerza un bidón de combustible que tenía al lado y comprobó que estaba lleno a rebosar. La idea era clara. Empapar la casa. Entrar. Cerrar. Dejar un rastro invisible a su paso. Dejar pasar cuatro o cinco segundos. Ir al baño. Huir por la ventana. Miraba alrededor en silencio. Arderían todos. Pero lo más importante es que ardiera la traición y la angustia. Nada le importaba ya más que ese objetivo.
El traje rojo le quedaba algo ajustado y le obligaba a hacer un esfuerzo extra para hacer girar el bidón sin hacer ruido. Si se ajustaba bien la barba, le ocultaría toda la expresión. Cuando estaba llegando al umbral de la puerta escuchó alboroto en la casa. ¡No podía ser! Papá Noel había entrado en el salón entre vítores y gritos infantiles, demasiado pronto, demasiado seguro.
A cada paso que daba, pensaba en el mechero que llevaba en el bolsillo.
Vio desde la ventana cómo Santa Claus se acercó a su mujer, que sonreía inquieta. Recibió su regalo con una amplia sonrisa en los labios. Papá Noel le guiñó un ojo. Se inclinó hacia su oído y, casi sin mover los labios, le susurró:
—Esta noche nos vamos. Prepárate —estaba viendo toda la escena delante de sus ojos y se moría de inquietud y nerviosismo. Comenzó a rociar apresuradamente la casa. Cada cierto tiempo metía la mano en el bolsillo para asegurarse de tener el mechero.
Cuando se abrió la puerta, escuchó un nuevo “¡Jo, jo, jo!” Una punzada en el pecho casi le hizo caerse de rodillas, pero continuó en su empeño. Todos en la casa reían, menos él.
Abrió la puerta el otro Papá Noel —que era su cuñado— y lo miraba con una inquietante tranquilidad. Entonces, sonriendo le tendió un paquete.
—Y este regalo es para ti.
No tuvo tiempo de reaccionar: sintió un pinchazo seco en el estómago. Un movimiento rápido, certero. Se llevó la mano a la tripa y retrocedió tambaleándose con una expresión de sorpresa, iba dando traspiés hacia el jardín. La mano de su cuñado en la boca le impedía gritar. Con la otra mano, le cogía de la nuca y le iba llevando hacia el cobertizo. De un empujón cayó sobre el suelo frío y vio el bidón volcado junto a él, empapando su ropa. Intentó incorporarse, pero apenas veía nada.
Su cuñado —ya sin barba falsa, ya sin sonrisa amable— encendió un cigarrillo sentado sobre unas cajas y miró el cuerpo inmóvil. Respiraba con dificultad.
—Tu plan era bonito, Pepe —dijo con una calma insoportable—. El mío, mejor. Tras tu muerte, te quemaré y quemaré este sucio cobertizo y nadie sospechará nada… y yo podré largarme con Miriam.
—Noooo —trató de gritar, Pero su cuñado introdujo un paño en su boca embozándolo. Le chistó para que se callase y se agachó a su lado. Mientras le hablaba, la ceniza caía a su lado. Él la miraba con el terror dibujado en el rostro.
Se irguió y riéndose a carcajadas, dejó caer el cigarrillo encendido. El combustible hizo lo demás. Las llamas se alzaron al instante, voraces y rápidas. El cuñado rompió un par de ventanas desde dentro y, cuando salió, cerró la puerta y regresó a la casa.
—¿Alguien sabe dónde está Pepe? —preguntó, fingiendo preocupación, al cabo de un rato y moviéndose entre los parientes.
Todos negaban, inquietos, y comenzaron a buscar por la casa. Cuando salieron al jardín, vieron el resplandor anaranjado en el cobertizo. Corrieron y se aproximaron gritando. Trataron de apagarlo sin éxito. Unos fuertes rugido hizo que se apartasen. La estructura se derrumbó ante ellos entre chispas y humo.
Nadie pudo decir qué había pasado exactamente. No se podía identificar el cuerpo más que por la huella dental.
La fiesta se acabó apresuradamente. Mientras la familia lloraba, los bomberos llegaban y la policía tomaba notas, el cuñado buscó a la mujer. Ella estaba sola, temblorosa, sin entender apenas nada. Se acercó despacio. Le puso una mano en la espalda y jugueteó con un dedo. Ella se estremeció. Abrió su chaqueta y le mostró dos pasajes para las Bahamas. Ella sonrió sin mirarlo.
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