El comité del dolor

La justicia poética duró diez minutos.

Reloj de arena pequeño y elegante con arena cayendo lentamente


El Comité para la Optimización del Dolor Crónico se reunía cada jueves a primera hora. Eran unos señores muy ceñudos y grandilocuentes que iban en bata blanca para no manchar su conciencia. Se reunían siempre después del croissant del departamento, porque cada día tenían que parar todos juntos media hora a desayunar. Eso de administrar sufrimientos en ayunas les parecía de una crueldad innecesaria. Las decisiones se toman, decían entre carcajadas, mejor con el estómago lleno. 

Después recorrían de vuelta el largo pasillo de baldosas grises y paredes blancas. Iban en grupos de dos o tres y comentaban cuestiones de lo más mundanas. Alguno sacaba a colación el tema que tenían entre manos: optimizar el dolor de las personas que sufrían en el mundo. Era una zona acotada de un gris ministerio que proporcionaban la cantidad justa de malestar a enfermos crónicos de todo tipo. También había una delegación menor que se encargaba de dolencias agudas.

En aquella sala de paredes de un color indeterminado que parecía pedir perdón por existir, decidían quién debía sentir menos y, por supuesto, siempre concluían que los más sensibles eran ellos mismos. De modo que alejaban cualquier atisbo de dolor de sus propias personas. Una coincidencia estadística fascinante, según el informe trimestral. Los demás, es decir, el resto del mundo, debían cargar con el inventario completo del tormento: angustias retroactivas, punzadas en lugares que la anatomía niega, dolores de madrugada que no distinguen entre culpables e inocentes. Lo que conllevaba largas noches sin dormir, convulsiones feroces, agarrotamientos brutales, un dolor sordo que todo lo impregnaba aderezado con tirones que iban recorriendo su anatomía con una pasmosa frialdad. 

Todo era fruto de la utilización democrática del dolor, aseguraban. Su concepción de la democracia era algo así como: lo bueno para mí y lo mejor también para mí. El resto te lo quedas tú, ¿vale?

Una nueva doctora apareció el jueves siguiente. Una mujer cuyo nombre nunca aparece en las actas porque el Comité, porque este insistía en que no existía, entró en la reunión como quien abre una ventana para que salga el olor a cerrado. Nadie oyó la cerradura cerrarse a sus espaldas. Estaban ensimismados riéndole la última gracia al compañero chistoso y grandilocuente que en todas partes hay. Nadie pudo, por lo tanto, escuchar sus pasos. La ignoraron con la férrea disciplina de los que llevan años entrenando para no ver lo que pueda incriminarles ni alejar la mirada más de un palmo de sus narices.

Dejó sobre la mesa un reloj de arena. Uno pequeño, elegante, parecía casi frágil.

—Diez minutos —dijo—. Os los presto.

Los miembros del Comité rieron con profesionalidad. Les encantaba reír: era la única emoción que no cotizaba en sus balances de riesgo. Pero cuando los primeros granos de arena cayeron, la risa se fracturó como un azulejo barato. Miraron con desasosiego el rostro de la mujer. Tenía unas ojeras grises y profundas que parecían el catre para sus ojos -que estaba surcado por sendos haces de venas de un color rojo intenso que asustaba- su rostro se crispaba por segundos y después trataba de erguirse orgullosa. Se agarró a la mesa con una mano para no caer y sus nudillos se pusieron blancos. El antebrazo tembló y se dejó caer en la silla más cercana.

Bueno, todos sentimos dolor alguna vez.

—Diez minutos —repitió.

Primero sintieron un pinchazo en la nuca. Luego dos, el de la nuca y otro entre los omoplatos, pero eso no era más que el suave prólogo de lo que vendría a continuación. Y, es que, después llegó el catálogo completo: el dolor que habían firmado en resoluciones para que afectara a todo lo que no estaba en su núcleo familiar, el que habían certificado para cada uno de los desconocidos, el que archivaron con sellos rojos y cafés derramados entre risas y bromas. Cada uno de esos tormentos reclamó su autoría: “esto me lo ordenaste tú” escuchaban en sus cabezas. El coro de voces se fue haciendo más y más fuerte. 

A los tres minutos, ya convulsionaban con la torpeza de un primerizo en las lides de los dolores insoportables. Ya no dirían más eso de: “bueno, todos tenemos algún dolor alguna vez”. Ahora ellos lo sentían en su totalidad.

A los cinco minutos, intentaron gritar, pero de sus mudas bocas solo salió un sonido viscoso, como una disculpa demasiado tardía y el alarido quedó congelado en el silencio de la sala. 

La mujer iba conteniendo su dolor, pero una sonrisa iba volviendo su rostro más luminoso y juvenil. Ver que el dolor le es ajeno, aunque fuese por una vez en la vida, sentaba tan bien. 

A los ocho minutos, imploraron clemencia con la desesperación de un condenado a muerte que no quiere dejar este mundo. Lo cual resultó irónico, porque el Comité no creía en la clemencia: creía en la simetría, como siempre comentaban cuando hablaban de su trabajo a personas que se interesaban por ellos.

Cuando el último grano cayó, los cuerpos de cada uno de los miembros del Comité se apagaron entre espasmos y un silencio espeso y helado, digno de una biblioteca abandonada. Ella recogió el reloj de arena, se lo metió en el bolsillo y arrastrando sus pies, salió sin cerrar la puerta.

—Para una vez que hay simetría —dijo la mujer mientras salía.

Que entrara quien quisiera en la sala; al fin y al cabo, el mundo llevaba años esperando su turno. Ninguno de sus miembros había sobrevivido a diez minutos de dolor. 

Nadie reclamó los cadáveres.

El dolor, en cambio, sí había sido reclamado.


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Estás en el subsuelo, donde habitan las raíces, el lugar en el que este blog escarba hacia el infierno y escupe lo que encuentra. Aquí no hay frases bonitas, ni de autoayuda, ni vamos a colorear mandalas. Solo literatura oscura, crítica sin trinchera, dolor crónico y verdad sin anestesia. Si no te gusta, sigue perdiendo el tiempo con jueguecitos insulsos. Pero si algo de esto te remueve… ya no habrá marcha atrás.

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