Febrero en Valdeón

El abrazo de febrero.

Valle de Valdeón en febrero, nevado y con niebla, con un pequeño pueblo desierto, evocando misterio y el relato de terror ‘Febrero traicionero’.


Febrero siempre fue un mes corto. Quizá lo fuera por ajustes de calendario, pero nosotros sabemos que es por compasión. Eso decía insistentemente el anciano del pueblo, que nos hablaba de este mes como si se tratase de un animal callejero: flaco, tembloroso, impredecible, y con más mordiscos que caricias. Pero nadie creía sus palabras. Todos pensaban que estaba mal de la cabeza. A nadie le preocupa la reputación del calendario. ¿Qué paparruchas son esas?

Hasta que empezaron a llegar las cartas.

Llegaron el día 10, todas a la vez, deslizándose bajo las puertas con la suavidad del polvo mal barrido. Nadie vio al cartero. Nadie llamó a la puerta ni golpeó la aldaba. Pero los sobres llamaban la atención porque eran de un papel refinado y caro. Todos iguales: sobres color marfil, sin remitente, que olían a tinta y a presagio y que estaban escritas con una caligrafía antigua y firme sin incluir remitente. Una frase en mitad de la hoja perfectamente doblada: “No estés solo el día 14.”

La gente rió ante lo que pensaban que era una ocurrencia de algún vecino. Se miraban con un gesto cómplice como diciendo: ¿has sido tú el ocurrente que nos ha gastado esa broma? Hay gente que solo puede reír cuando tiene miedo.

El día catorce llegó trece días después de llegar la carta. Fue anunciado con un frío tan afilado que parecía dispuesto a abrir a cualquiera en canal solo por curiosidad. El pueblo amaneció con las calles vacías. Las casas llenas y las luces encendidas, como si todos hubieran decidido que la luz era una especie de armadura ante la velada amenaza que incluían las cartas recibidas.

Fue a las seis de la tarde cuando empezaron los golpes.

Al principio no eran golpes fuertes. Eran golpes civilizados sin urgencia ni furia alguna. Tres toques suaves en la puerta, como de alguien que ha venido a devolverte algo que olvidaste… o a reclamar algo que nunca le pudiste dar. Con cada golpe, en cada casa había un respingo, se refrenaba un llanto o caía una lágrima.

Nadie abrió la puerta.

Porque todos habían entendido, demasiado tarde, que febrero no enviaba advertencias por hacer una gracia. 

Cuando esa certeza se hizo palpable en cada casa, llegaron las contracciones.

Desde dentro de las casas, podían oír cómo las puertas se abombaban,  hinchaban, crujían y se arqueaban bajo el peso de algo que no tenía prisa. Algo que era terriblemente paciente. Algo glacial, que llevaba siglos perfeccionando la manera exacta de entrar en cada hogar sin romper nada. No hacía falta hacer un destrozo. Sería una ordinariez.

Febrero traicionero, visitas mejor en el recuerdo.

A las siete, el silencio cayó de improviso como una manta mojada.

A las siete y un minuto, la primera puerta cedió ante la insistente presión ejercida desde fuera.

No hubo gritos. El terror más profundo siempre es silencioso: succiona el aire, no lo empuja, y deja el cuerpo congelado con el gesto en el rostro cincelado para siempre. Los gritos se ahogaban antes de llegar a los labios. Los ojos quedaban abiertos de par en par y las manos rígidas y crispadas. El resto del cuerpo doblado sobre sí mismo en posturas antinaturales. Los cadáveres de niños, mujeres, ancianos y hombres yacían en las estancias de la casa donde habían decidido encerrarse para protegerse. 

A las ocho, el pueblo entero estaba oscuro. No porque se fuera la luz, sino porque febrero había decidido que ya no era necesario mantenerla encendida.

A las doce en punto, el viento salió de cada casa arrastrando algo que no tenía forma definida. Una especie de masa gelatinosa que reptaba y absorbía la luz a su alrededor. Algo que se adivinaba que iba sonriendo con satisfacción. Todavía llevaba adheridos trozos de carne que conservaban parte del calor humano, como si de recuerdos mal barridos se tratase.

A las doce y diez, febrero siguió su camino, dejando el pueblo exactamente igual que lo encontró: callado, blanco, intacto.

Pero sin habitantes.

Dicen que si pasas por el Valle de Valdeón en febrero —solo en febrero— oirás en las casas de cada pueblo abandonado cómo llaman a la puerta. Tres golpes suaves. Pacientes.  Y si aguzas el oído, podrás escuchar un susurro detrás: “No estés solo.” Como si fuera un consejo o una orden.  Pues como dice el dicho: «Febrero traicionero, visitas mejor en el recuerdo.».



Lee este relato y al acostarte… no mires debajo de tu cama ni dejes el armario abierto.

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Estás en el subsuelo, donde habitan las raíces, el lugar en el que este blog escarba hacia el infierno y escupe lo que encuentra. Aquí no hay frases bonitas, ni de autoayuda, ni vamos a colorear mandalas. Solo literatura oscura, crítica sin trinchera, dolor crónico y verdad sin anestesia. Si no te gusta, sigue perdiendo el tiempo con jueguecitos insulsos. Pero si algo de esto te remueve… ya no habrá marcha atrás.

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