Venta en Cobeña
En Cobeña todo tiene un precio...
Cobeña surgía siempre en conversaciones a media voz, como una advertencia mal disimulada. Cuando se pronunciaba su nombre, las cejas se alzaban y nacían miradas inquietas en ojos muy abiertos. Los giros de cabeza a un lado y a otro se multiplicaban. Había quien se santiguaba y después se iba sin mirar atrás.
Era un lugar donde siempre amanecía demasiado pronto, como si la noche no se atreviera a quedarse más tiempo. El cielo adquiría un color ceniciento incluso en verano y el sol surgía débil, filtrado por una neblina espesa que olía a metal viejo. Nadie recordaba cuándo había empezado a ser así.
La gente solía caminar con la cabeza baja. No por vergüenza sino por hábito. Marchaban absortos en sus pensamientos. No tenían tiempo de mirar alrededor, sus pasos eran cortos y apresurados. No había mucha gente en sus calles. En las fachadas descascarilladas colgaban carteles apagados, casi borrados por el tiempo, de negocios otrora boyantes y ahora abandonados.
Llegué una mañana con una maleta vacía y una idea frágil de lo que quería hacer. No venía por curiosidad ni por turismo; había oído hablar de aquel lugar durante años. La curiosidad me atraía.
—Allí acabas cuando no tienes nada más que vender —me dijeron.
¿Nada más que vender? Pensé. Cuando lo preguntaba en alto nadie sabía qué responder. De modo que cogí mi portátil y me fui para allá.
Junto a los edificios más antiguos del pueblo, se alzaban moles de nueva construcción. Modernos chalets cúbicos uniformados en blanco y gris y algún edificio de oficinas que se encontraba abandonado. El edificio de oficinas era bajo, ancho y sin ventanas visibles. Pero la entrada estaba formada por una gran cristalera que permitía la entrada de la escasa luz de la calle. La única puerta automática se abría y cerraba con un chirrido cansado. Frente a ella había una cola de personas pasivas, quietas, silenciosas. La mayoría miraba al horizonte. Ni siquiera pestañeaban. El más inquieto cambiaba el peso de un pie al otro. Nadie parecía nervioso. Esa imagen me sobrecogió.
Cuando llegó mi turno, una mujer con uniforme gris me indicó que pasara. No sonrió ni frunció el ceño. Su rostro era una superficie neutra desprovista de toda tibieza humana, como si hubiera aprendido a no expresar nada. Me entregó un formulario y un bolígrafo gastado.
—Nombre completo —dijo mecánicamente—. Fecha aproximada del recuerdo que desea ofrecer. Intensidad emocional estimada.
Dudé. No había pensado en elegir nada. No sabía que podía vender un recuerdo.
—¿Puedo… elegir? —pregunté.
La mujer levantó la vista por primera vez. Sus ojos eran claros, demasiado claros.
—Mientras no sea un recuerdo esencial —respondió—. Eso encarece el proceso.
Ni siquiera me atreví a preguntar qué significaba eso de “esencial”. Intuía la respuesta, por supuesto. Firmé con una letra que me resultó extraña. Miraba mi fría mano y me daba la sensación de que no me pertenecía del todo.
Decidí ofrecer un recuerdo que me atormentaba: cuando era pequeño vi el cadáver de un hombre dentro de su coche. Mi familia iba de viaje a Gandía, como siempre. De repente detuvimos la marcha y comenzamos a ir en caravana muy despacio. Mi padre fumaba su Ducados con la ventana abierta. Las sirenas sonaban cada vez más cerca.
—No miréis—dijo mi padre sin girar la cabeza y con el cigarro columpiándose en la comisura de sus labios.
En el arcén había un coche volcado y se podía ver la cabeza de un hombre abierta de par en par dejando caer su interior chorreando por la ventana destrozada del automóvil.
El procedimiento fue rápido. Una sala blanca, excesivamente limpia y con ligero olor a lejía. Una camilla. Una máquina llena de cables finos que parecían raíces secas. Me colocaron los sensores con fría profesionalidad en las sienes y me pidieron que pensara en el recuerdo vívidamente.
El tirón fue suave. Pero me sentí como si me despertara bruscamente de un sueño.
Me pagaron en efectivo. Comprendí que eso era una solución desesperada para personas sin otra salida. Si se quedaban con sus recuerdos, ¿qué hacían con ellos? ¿Los desechaban? ¿Los atesoraban? ¿Para qué? Decidí averiguar todo ello, para lo cual traté de pasar desapercibido.
Fui a la estación y vi un hombre que se acercaba arrastrando los pies y con la mirada fija en la punta de sus zapatos. Se llamaba Mateo. Lo acompañé al edificio central, pero me quedé fuera escondido entre dos coches. Saqué mi moleskine y comencé a escribir con letra apresurada lo que allí acontecía.
Tal como le aconsejé, ofreció un recuerdo pequeño: se trataba de su primer día de trabajo, el saludo torpe a sus compañeros, el olor a impresora nueva. Salió con una suma de dinero suficiente para poder vivir un tiempo.
Cada mañana, veía cómo las lágrimas corrían por su rostro. No por haber olvidado ese primer día de trabajo sino porque recordaba con nitidez otros muchos días que le gustaría olvidar, según me decía. Fue visitando el edificio con cierta asiduidad. Yo lo acompañaba. Tratando de no inmiscuirme, de ser lo más ausente posible. Pero descubrí que, con cada visita, la cola parecía más corta. No porque hubiera menos gente, sino porque los rostros se volvían más parecidos entre sí. Las miradas traslucían un vacío existencial terrible. Mateo parecía reconocer a gente por la calle y ambos se dedicaban un leve asentimiento, una familiaridad inexplicable. Le preguntaba de qué conocía a este o a aquél y no recordaba siquiera haberle saludado.
Una noche, en la pensión, despertó sobresaltado y gritando. Estaba seguro de haber soñado algo, pero el contenido de ese sueño se le escapaba como agua entre los dedos. Se sentó en la cama con el corazón acelerado, intentando aferrarse a cualquier imagen. No había nada, me dijo. Solo la sensación de pérdida y quería olvidar esa sensación.
Al día siguiente, al mirarse en el espejo del baño, tardó unos minutos en salir. Me aproximé a la puerta y vi cómo se acariciaba el rostro, como si no se reconociese. No me parecía que hubiese cambiado físicamente, pero su expresión sí que me resultó ajena. Como si su rostro llevara demasiado tiempo en reposo. No había arrugas alrededor de sus ojos vacíos.
—No deberías vender tan seguido —dije, pero él dirigió una sonrisa al cielo y continuó caminando.
Una voz lo sorprendió en la calle. Era un hombre mayor, con un abrigo raído y los ojos hundidos. Estaba sentado en un banco, lanzando migas al suelo para unas palomas que no existían. Yo me alejé como si nada y me quedé lo suficientemente cerca para escuchar la conversación.
—¿Cómo sabe…? —escuché decir a Mateo que aún seguía en pie frente a ese hombre.
—Se nota —dijo el hombre—. Al principio todos venimos por necesidad. Luego seguimos por costumbre.
Mateo se sentó a su lado.
—¿Qué hacen con los recuerdos? —preguntó en voz baja.
El hombre soltó una risa seca, sin humor.
—Eso es lo de menos —respondió—. Lo importante es lo que nos quitan con ellos sin que lo notemos.
Antes de que Mateo pudiera pedir una explicación, el hombre se levantó y se alejó arrastrando los pies. Mateo intentó seguirlo con la mirada. Yo estaba absorto mirando a Mateo y, cuando giré la cabeza para ver por dónde se iba este hombre, ya no estaba.
Esa noche no volvió al edificio. Contó el dinero. No era mucho, pero podría estirarlo lo suficiente.
Al tercer día sin asistir al edificio comenzó una inquietud difícil de describir. Parecía ser un síndrome de abstinencia. No era hambre ni miedo. Era una ausencia activa. Decía sentir un zumbido constante bajo su piel. Le costaba concentrarse, mantener la atención en la televisión. Las palabras le parecían huecas y sus frases eran ininteligibles.
Cuando regresó al edificio, lo vi perderse en la sala blanca y a la mujer del uniforme gris salir de su mostrador y ayudarle mientras lo observaba con más atención. Me extrañó. Esta vez no eligió previamente un recuerdo que olvidar. Dejó que el sistema seleccionara al azar. Salió tambaleándose, sentado en una silla de ruedas y lo dejaron en la calle. Al levantarse, tuvo náuseas y caminaba erráticamente. No podía acercarme a él, así que esperé a que estuviese más cerca para sacarlo de allí.
Mateo no sabía qué día era ni qué hora. Caminamos sin rumbo tratando de que no nos siguieran, porque el pobre tenía una sensación paranoica, hasta que logré llevarlo de nuevo a la pensión. Tardó varios segundos en recordar que vivía allí. Estaba sentado en la cama, mirando todo alrededor.
Descubrí unas notas en hojas sueltas.
“Te llamas Mateo”
“Tienes una hermana”
Cada frase parecía escrita por una persona distinta. Más abajo, en mayúsculas y subrayada, pude leer la siguiente frase:
“Cuando te quiten el recuerdo del miedo, ya no podrás detenerte”
Pero Mateo no reconocía la letra ni recordaba cómo leer.
Una noche se marchó, no me di cuenta hasta pasado un tiempo. Comencé a buscarlo desesperadamente. Vi al señor de las palomas que, sin decir nada, señaló hacia adelante. Estaba yendo hacia el maldito edificio central. Estaba prácticamente vacío cuando entró por última vez. Lo vi de lejos y no pude hacer nada. Detuve mis pasos y comprobé cómo la mujer del uniforme lo condujo por un pasillo distinto, más oscuro. Lo perdí de vista en seguida.
Salió a la calle con una suma considerable de dinero en el bolsillo y una calma perfecta. El cielo seguía gris. La gente seguía caminando con la cabeza baja. El hombre de las palomas negaba con la cabeza. Mateo se detuvo frente a un escaparate y observó su reflejo sin reconocerlo ni importarle. Me miró con cara rara y me gritó que lo dejara en paz. Llamó a gritos pidiendo ayuda y me tuve que ir corriendo. Tratando de contener el llanto, fui corriendo hasta más allá de la estación y, cuando me detuve, comprobé que nadie me seguía. Había dejado al pobre chico allí, pero no pude hacer nada. Así que decidí que lo denunciaría. Saldría de ahí y me iría a mi casa. Comencé a caminar en línea recta por una carretera secundaria. Iba ocultándome entre la maleza. La niebla comenzó a disiparse muy lentamente. Un tirón en el ombligo me sorprendió cuando fui expulsado de esa niebla. El calor me abrazó con demasiado fervor. Sentí un leve mareo y tuve que recostarme. Creí que había sido un segundo, pero al despertar, mi ordenador estaba roto a mi lado. Palpé mi chaqueta y noté que la moleskine seguía en su sitio. Me levanté y comencé a caminar por la antigua carretera de Barajas. Sonreí pues sabía que podría denunciar lo que allí ocurría. Me giré para mirar atrás y no había más que niebla a mi espalda.
Mientras tanto en Cobeña amanece, como siempre, demasiado pronto.
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“Si miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti.”
— Friedrich Nietzsche, Más allá del bien y del mal.”
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