Manos húmedas

Recuerdos que se escapan como el agua por entre los dedos


Detalle del cuadro Ophelia de Millais: mujer flotando en el agua entre flores



Nunca supe cuál fue la razón de que ocurriese, pero sucedió. Su imagen, con la cara desencajada por el llanto y los ojos enrojecidos, fue lo último que acerté a mirar. El miedo me paralizaba, pero mi amor era más fuerte aún que esa sensación atávica y cruel. Nunca fue buena idea intentar atrapar un litro de agua entre tus manos. Por más que aprietes tus dedos, siempre acaba por marcharse. Por más que grites deshilachando el silencio, siempre se secan tus manos. Por más que llores, te quedas solo. Y así me quedé yo mirándola con esa extraña sensación de agrado de cuando mis manos estuvieron húmedas y sus cálidos besos abrigaban mis labios. Aquellas son sensaciones que no querrás olvidar. Pero el recuerdo, como antes el agua de tus manos, se va diluyendo y secando con el paso del tiempo. Por ese motivo, desde el día en que se fue, no dejé de ir a la alberca todos los días a la hora en que la noche va venciendo a la luz somnolienta de la tarde, e introducía mis manos en el agua. Su frescor traía a mi cerebro el recuerdo de días felices hasta que las lágrimas volvían a surcar mi rostro a la luz de la luna. 


Un fresco día de marzo, antes de que las flores coloreasen el campo, la fuerza de la costumbre llevó mis sandalias hacia la albuhera como cada atardecer y, mientras las sombras se alargaban, la sonrisa se iba ensanchando en mi rostro a la vista de la pequeña alberca. La rodeé con parsimonia mientras dejaba que la noche terminase de llegar. Allí vi las carpas rojas que salían a saludar con sus bocas redondas y musité un buenas noches apenas audible. Vi unos patos que nadaban y, tras alzar mi túnica de lana, me senté en el borde mientras le rezaba una oración a la amada que ocupaba por completo mi alma y mi corazón. Una extraña sensación de oscuridad me asaltó al mirar hacia el agua. Había algo raro y en un primer momento no me percaté de lo que era. Miré a mi alrededor y todo parecía estar normal. Los ruidos del jardín, los aromas y las imágenes eran normales. Cuando bajé la mirada hacia el agua, esa sensación se multiplicó haciendo que sintiese un vacío en el centro del pecho. Un pequeño ahogo me sorprendió y descubrí lo que ocurría: el agua era oscura y no reflejaba nada de lo que había alrededor. 


Sin poder apartar mi mirada de esa oscuridad y sumido en esa, más que visión, ceguera comprobé horrorizado cómo unas lucernas parecían emerger desde lo más profundo de la alberca. Me aferré al borde crispando mis manos mientras trataba infructuosamente de apartar mi  mirada pero las lucernas se iban acercando muy despacio. Podía sentir cada poro de mi piel gritando ¡socorro!, pero yo era incapaz de emitir algo más que un sutil ronroneo. Esas pequeñas e infernales luces me aterrorizaban hasta el paroxismo. Sentía mi cuerpo resistirse, pero mi cerebro estaba paralizado y encadenado a esa visión. El frescor de la noche se iba introduciendo en mi interior y un sudor frío encharcaba todo mi ser. Las lucecillas seguían acercándose ajenas a todo lo que me ocurría o quizá no. A medida que se iban acercando el miedo se iba haciendo más y más brutal. Primero una especie de escalofrío se abrió paso en mi espina dorsal para dejar paso a un temblor que se apoderó de todo mi cuerpo. Las pequeñas luces se iban acercando a la superficie y un contorno borroso comenzó a dibujarse a partir de ellas. No pude cerrar los ojos.


Sentía como si un terrorífico y gigantesco ser me estuviera sujetando mientras obligaba a mis ojos a mirar en la dirección en que ese diabólico prodigio estaba sucediendo. Tras las lucecillas, ese contorno difuso se fue haciendo corpóreo y una forma que me era familiar comenzó a dibujarse con mayor nitidez, dejándome aún más paralizado de lo que estaba. Las dos luces se ubicaron en el esbozo difuso que dibujaba a mi amada Fátima. El aire escapó de mis pulmones y no fui consciente de estar respirando hasta mucho después. Ni siquiera sé el tiempo que transcurrió desde que mi amada vino a visitarme e introdujo cariñosamente mis manos en la alberca. La frescura huyó del agua y en su lugar una repugnante sensación de tibia viscosidad se entremezcló con mis dedos, traté de sacudirme, pero ella me asía con fuerza y una voz sonaba en mis oídos sin que el terrible hueco que asemejaba una boca sonriente hiciera movimiento alguno. Esa terrible voz me decía: “Ven a mí, mi amado, no me dejes caer”. El tono de su voz pasó de un áspero y terrible sonido a una súplica igualmente aterradora. 

De repente, todo volvió a la normalidad y de la fuerza que estaba imprimiendo para alejarme de esa horrible visión, caí de espaldas al suelo. Boqueé como un pez fuera del agua y me agité del mismo modo porque había aguantado la respiración todo ese momento. Miré mis manos y las vi normales, pero la sensación de la tibia y viscosa materia que las había impregnado aún seguía en ellas. Las froté con la arena que había en el suelo y repetí la operación varias veces, cada una de ellas con más fuerza que la anterior. De hecho, froté con tal fuerza que la sangre de mis manos manchó el suelo y mi túnica. Me levanté a duras penas y con un llanto que parecía alimentarse de mis fuerzas, regresé a mis aposentos arrastrando los pies como un miserable. Traté de que nadie me viese llegar en ese estado y antes de acostarme pedí que me trajesen un té a mis aposentos y me lavé con fruición y una tristeza desagradable. En ese instante supe que no volvería a saber nada de Fátima jamás en mi vida. No me acercaría a ningún aljibe ni alberca ni arroyo. Trajeron el té en una bandeja que dejaron en la mesita de noche y me tomé el té para templar mis nervios.


El tiempo pasó y mi vida fue transcurriendo con total naturalidad. El amor de Fátima fue sustituido por el cariño y la admiración que profesaba por mi esposa Estefanía. Mi cerebro había borrado todo lo que aconteció en mi juventud hasta el punto de no tenerlo presente hasta que Yusuf,  el tercero de mis hijos, falleció ahogado en un arroyo combatiendo al infiel. El recuerdo me sorprendió junto a Estefanía mientras llorábamos la muerte de Yusuf. Di un respingo y ella pareció entender que me ocurría algo, pero pensaría que era fruto del llanto o del dolor. Ese vacío en el centro de mi pecho volvió a apresarme con más fuerza que antaño. Y se hizo más y más insoportable, cuando Ahmed y Mohammed fallecieron en extrañas circunstancias con el agua como protagonista de sus muertes. Mis cabellos, antaño negros, se volvieron de un día para otro de un color níveo y me dieron un aspecto aún más macilento y derrotado de lo que en realidad sentía. El Imán vino a casa llamado por Estefanía para reunirse conmigo. En un largo paseo por las estancias de mis hijos, le conté todo lo que me acontecía y lo que ocurrió en mi juventud.


Entonces el Imán decidió que nos sentásemos a tomar el té junto a mi dulce esposa y, mientras nos sirvieron unos dulces de almendra con miel nos fue desgranando lo que tendríamos que hacer. Mi esposa me miraba aterrada ante los secretos que mi corazón guardaban. Fátima había sido un amor de juventud y nadie en su sano juicio podría pensar que un príncipe árabe no hubiese tenido ninguno de esos amores mientras descubría los secretos de su cuerpo y los placeres de la vida extasiado y embriagado por la belleza de las dulces ninfas que florecían a su alrededor, dijo el Imán atajando el disgusto de Estefanía. Tras engullir el tercer pastelillo, el Imán dispuso que volviésemos al jardín juntos Estefanía y yo y que nos aproximáramos a la alberca al atardecer o por la noche, como solía hacer, para despedirme de Fátima para siempre, presentarle a mi esposa, Estefanía, y que nos liberase de la maldición del agua y así que pudiera marchar libremente al Jardín de Alá. Estefanía abrió mucho los ojos, pero el Imán la silenció con un gesto y tras su beatifica sonrisa le dijo que nada ocurriría. Yo ya no escuchaba, pensando en volver allí.


La noche elegida para ir fue la siguiente semana porque necesitábamos ponernos en paz con Alá y realizar las pertinentes oraciones y abluciones que nos había indicado el Imán. Estefanía y yo nos dimos la mano y recorrimos el jardín con parsimonia. Ella viéndolo por primera vez y yo recordando unos aromas y unos sonidos que creía olvidados. El corazón me dio un vuelco cuando unos pájaros asustados por nuestra presencia alzaron el vuelo. Los ojos de Estefanía me miraban con dulzura y me tranquilizaron. El jardín estaba cuidado como entonces, aunque yo no deambulase durante todos estos años por sus paseos de mimosas y de lilas, mis jardineros habían seguido cuidando de él, cosa que les agradecí en secreto. Entonces vi los enormes eucaliptos que rodeaban la alberca y me aproximé tirando un poco de la mano de Estefanía. Allí estaba el Imán esperándonos para evitar que sucediese algún imprevisto. Nos saludó con su sonrisa coronando cada uno de sus sutiles movimientos. La tarde estaba siendo vencida por la noche y nos sentamos al borde de la alberca, miré a Estefanía y la besé. Ella me apretó abrazó.


Cuando abrí los ojos, vi que el agua estaba oscura. Miré a Estefanía y por el gesto de terror cincelado en su rostro comprendí que ella también lo estaba viendo, no era cuestión mía. El Imán tenía los ojos clavados en el agua y su beatífica sonrisa se había congelado a medio camino entre un gesto ridículo y una mueca de burla. Las lucecillas comenzaron a emerger y el terror a mi alrededor se hizo palpable. Pude sentir con total nitidez cómo el Imán y Estefanía estaban temblando e incluso sentí una satisfacción enorme al ver emerger a Fátima. Ella me miró, estiró la mano y me dijo: “ven a mí, mi amado”. Sin que fuese consciente de lo que hacía, estiré mi mano hacia ella. Nuestros dedos se entrelazaron. Su voz inundó mi cerebro: “¡Hazlo!” Me urgió. Entonces me levanté y cogí al Imán desde atrás y apreté su cuello hasta que el chasquido me hizo comprender que había muerto. Lo arrojé al agua y unas lucecillas recogieron su cuerpo y lo hundieron con premura. Después me encaré a Estefanía y la cogí del cuello y apreté con todas las fuerzas que pude reunir, mis manos sobre su delicado cuello. La arrojé a la alberca y se hundió.


La imagen de Estefanía, con la cara desencajada por el llanto y los ojos enrojecidos, fue lo último que acerté a mirar hasta que se hundió arrastrada por alguna fuerza extraña que había en el interior de la alberca. La voz de Fátima seguía hablándome, me animaba a coger su mano y tirar de ella. Por supuesto lo hice. La ennegrecida figura fue emergiendo lenta e inexorablemente del agua. El temor me iba consumiendo, pero no podía dejar de tirar de ella. Sus ojos inexpresivos e inertes me miraban sin su brillo ni su viva inocencia. Un nudo en mi garganta me impidió gritar cuando comprendí que había cometido el mayor error de mi vida. Las lágrimas no acertaron a salir, cuando en lugar de su voz, una risa terrible y maléfica inundó mi cerebro. La viscosa sustancia que impregnaba el cuerpo de Fátima empezó a caer dejando entrever que no se trataba de su amada, sino que su amor había sido utilizado por aquél que llaman el astuto, el que causa desesperación, el maligno. A un gesto del maligno he caído a esa sustancia viscosa que me ha envuelto mientras unas terribles manos acabadas en garras me arrastran al fondo. 

Nunca sabré cuál fue la razón de que ocurriese, pero sucedió.



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